Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

La “Misa Criolla” en el banquillo

Pablo Galimberti
Por

Pablo Galimberti

182 opiniones

Mons. Pablo
Galimberti
Un columnista de El País del Domingo de Pascua, se refirió a la “Misa Criolla”de Ariel Ramírez con Los Fronterizos, una joya rioplatense. Expresa que en ella se hace “excesivo hincapié en la culpa de los creyentes, hijos de Dios” y se reitera el “Señor ten piedad de nosotros”.
Mi primer comentario es que el texto está tomado de la versión española del original griego, que se remonta a los siglos IV y V en Roma, asumiendo versiones anteriores.
Esta súplica se reza o canta en todas las Misas del mundo. Para Francisco Faig, columnista, “el mensaje debió haber valorizado más la esperanza y el amor de Dios”. Y se lamenta porque Ramírez no hizo en su Misa Criolla al menos un velado mensaje a favor de un cambio social.
Respondiendo a Faig, le recuerdo que una de las inflexiones del amor es el perdón. Además, encuentro muy oportuno suplicar –hoy como antaño- un generoso perdón, tolerancia y benevolencia, en medio de oleadas de odios y ciegos fanatismos. El acontecer mundial evidencia que bajo la superficie de gestos políticamente correctos hierven volcanes que esporádicamente asoman en el escenario social.
La parábola evangélica del trigo y la cizañano ha perdido actualidad. En nosotros y en la sociedad, donde estallan odios y violencias. Por eso suplicamos con mirada profunda y corazón atento mientras clamamos a Dios que tenga misericordia y haga prosperar iniciativas pacificadoras. Los sanguinarios ataques en Sri Lanka el Domingo de Pascua mostraron el odio feroz que dejó un saldo de 359 muertos y 500 heridos.
Afirma Eric Fromm: “El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico. Pero así como se necesitan armas para hacer la guerra, se necesitan las pasiones del odio, de la indignación, de la destrucción y del miedo para hacer que millones de personas … se conviertan en asesinos.” (El corazón del hombre).
Semillas de odio asoman en cualquier escenario. Hasta la misma belleza puede ser considerada ofensiva para quien piensa que no la posee. La novela “El pabellón de oro” de Yukio Mishimaes ilustrativa. Su protagonista, un monje “tullido” (símbolo de un espíritu acomplejado), se siente oprimido contemplando una bellísima pagoda. Y decide destruirla provocando un incendio. Una mezcla de envidia con odio que apuntan a la destrucción de otros.
Al inaugurar su pontificado, Juan Pablo II planteaba la necesidad de suplicar y fomentar el amor que palpita y se acerca al caído, preso, vecino o lejano. Ante tanta “miseria” la mejor respuesta es la “misericordia”, un corazón atento y una mano tendida.
El Papa Francisco eligió como lema,guía de su pontificado, la escena evangélica de Jesús delante de a un publicano o recaudador de impuestos (funcionarios odiados por los judíos porque recaudaban para Roma). Y sin detenerse en su cara o profesión le dice: ¡ven y sígueme! Y el publicano lo siguió…
El odio y desprecio no impidieron a Jesús acercarse. Y aquel hombre cambió para siempre. ¿No valdrá la pena probar este camino ante tanta violencia que prolifera? Sin olvidar nuestra propia cuota de cizaña, que cargamos o escondemos pero nunca desaparece. Necesitamos vigilar cada día. Y aportar nuestro granito de amor solidario en la diaria convivencia. Sin olvidar que somos barro y espíritu al mismo tiempo. Por eso qué beneficioso resulta clamar y repetir, desde el fondo del alma: ¡Señor ten piedad!