Jueves 12 de diciembre, 2019
  • 8 am

Lo que no se dice en la familia

Gisela Caram
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Gisela Caram

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Diario

Ps. Gisela Caram*
Hay situaciones familiares que a veces son indecibles.
Se explicitan con gestos, actos, miradas o no miradas.
No siempre las palabras pueden expresar lo que se quiere. A veces las palabras sobran, a veces faltan.
Cuando en la generación de los padres o los abuelos, situaciones, acontecimientos que fueron vividos como traumáticas, pueden tornarse imposibles de expresar con palabras.
Quedan así, bloqueadas en el cerebro de quien lo vivió traumáticamente y no lo procesó. Puede suceder, que un sonido, una sensación corporal, una imagen similar, traiga a la actualidad, el reflejo del trauma con una sensación displacentera. No recordamos ese pasado, pero el malestar irrumpe en el presente. Y eso, aparece “actuado”.
No sabemos qué nos pasó, que nos afectó, que nos cambió el estado anímico…nos es difícil conectar aquél pasado con el presente.
En una familia, hay diferentes y singulares formas de funcionar y transmitir esto, de una generación a otra.
Por ejemplo, discutir a los gritos, y no se entiende por qué. Los hijos, que al principio pueden quedar afectados, y luego ir incorporando esta forma de funcionar, van anestesiándose o naturalizando esta violencia contra la que no pueden hacer más que callarse o manifestarlo con síntomas. Tienen que hacer algún “ruido”, para que el clima de la casa se descomprima.
Esto a modo de ejemplo. No significa que cada vez que un niño o un adolescente presente un síntoma, tenga que ver con una pareja que se relaciona comunicándose a los gritos.
Pasa a veces con los hijos adolescentes, cuando quieren hablar algo con sus padres, y éstos no dan lugar a la confrontación, que no es pelear, sino intercambiar ideas, pensamientos.
No podemos seguir ligados a modelos arcaicos, si no me hablaron mis padres de tal o cual tema, o no me dejaban hacer tal o cual cosa, si conmigo mis padres no hablaban de nada, si solo con la mirada yo entendía… hoy, no podemos seguir con el mismo patrón. Estamos en otra era. Donde si no aprendo de los jóvenes, ellos no van a aprender lo que yo quiero trasmitir.
No van a escuchar, si yo no escucho lo que ellos quieren decir.
A veces, una generación que no fue escuchada, necesita gritar lo que siente.
Será ésta otra causa de relacionarse violentamente?
Mujeres que no pudieron hacer lo que quisieron, sometidas por padres autoritarios, le piden al esposo que las deje ser…
Estamos en un tiempo donde las palabras no son el CENTRO. Se han descentrado, y quedarse atrapado en los actos, tampoco es lo mejor, hay que encontrar matices. Hay que buscar espacios donde cada uno pueda encontrarse y encontrar “su” punto.
Asistimos a cambios parento-filiales importantes, sobre todo cuando los hijos llegan a la adolescencia. Y es ahí, cuando hay que encontrar una frontera productiva entre padres e hijos. Escuchar los hijos, que no es aceptar todo lo que dicen y quieren. Puedo disentir y seguir manteniendo una charla abierta. Si me paro en un NO CERRADO, estoy cortando toda posibilidad de intercambio, de apertura que los hijos adolescentes, necesitan para seguir creciendo.
No importa el resultado de la conversación, sino que se dé.
Las nuevas prácticas del cuidado nos hablan de esto. De nuestra capacidad como padres para transformarnos y tener una actitud transformadora. Como dice Faucault, “aquello que fue rechazado en una época, en otra época se inscribe como central”. Hace más marca en los jóvenes que en los adultos.
Cuidar al otro, tiene una antesala, que es saber auto cuidarse.
No podemos hacer cambios en el decir ni en el hacer de un día para otro, ni impostarnos el cambiar, porque sería un pseudo cambio. Debemos ir incorporando los cambios socio-culturales a los que asistimos. No podemos echarle la culpa a la tecnología que nos saca tiempo de estar con los hijos. Culpar la tecnología es como culpar a los padres. No son determinantes de que las cosas sucedan.
Tenemos que esperar el momento justo para el encuentro y cada uno, re valorizar lo humano…
*Especialista en Psicoterapia Vincular