Lunes 16 de diciembre, 2019
  • 8 am

Tarde de perros

Andrés Merino
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Andrés Merino

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En mis tardes de comparecencia bancaria, haciendo trámites varios, a veces me suceden situaciones casi bizarras, cómo se dice ahora. Resulta que hace un par de días, en Montevideo concurrí a una institución bancaria, de la que soy cliente (microscópico, pero cliente al fin) para realizar una transferencia de unos pesos flacos a mi hermano quien reside en el Exterior. Suelo hacerla, y casi siempre por el mismo monto, razón por la cual llevé conmigo copia de giros anteriores para facilitar la tarea del funcionario que me atendiera. El primer obstáculo fue la simple acción de obtener número para que me atendieran, pues tuve que realizarla desde una pantalla táctil que para manipularla prácticamente hay que tener aprobado algún curso de Operador PC.
Terminada la compleja sucesión de dedazos en la máquina, obtuve el ansiado número y me dirigí al mostrador correspondiente, luego de la completa información que me brindara un muy amable guardia de seguridad, quien ejerce una función de hecho muy distinta a la de estar atento a prevenir acciones delictivas.
Sin pecar de discriminador, la cara del fulano en cuestión que me atendió no auspiciaba un trámite llevadero. Todo un nabo malhumorado, reinaba detrás de su breve mostrador con expresión de hastío. No sé porqué, pero me ví venir que el hombre se salía de la vaina por complicarme la tarde. De puro macanudo aún, le muestro copia de una transferencia anterior y le deslizo el simpático comentario que sólo copiándolo, con excepción de la fecha, el trámite estaría cumplido. Leyó y releyó el papel hecho por un colega suyo de otra dependencia, y lleno de satisfacción, con voz monótona y baja a propósito, me informa que el trámite era más complejo de como lo he venido haciendo desde hace años. Contento, pues había encontrado un resquicio de complicación, me pone frente a mis narices una hoja, que, según me explica era exigencia del “Gerente” llenar antes de autorizar el giro. Allí había un interesante interrogatorio, desde nombre, edad, ocupación, origen del dinero, razón del giro, etc.
Y todo por unos pesos flacos.
Tenía a esa altura de la media tarde, dos caminos: enojarme, que de poco serviría, o tomarle el pelo como el sistema me lo estaba tomando a mí a través de este macaco ejecutor.
Muy calladito entonces, lleno el formulario, cuidando de que legalmente fuese inobjetable, pero en los espacios referidos a mi ocupación y al origen del dinero me propuse divertirme yo también. En el primero, estampé “Nada”, y en el segundo “de debajo del colchón”.
Fue todo un poema ver la cara del tirifilo a medida que controlaba el formulario. Súbitamente hipertenso, me apunta que no podía llenar los espacios de esa manera, a lo que respondo que sí, y que me indicara cuál era la falta que estaba cometiendo. “Es que soy pasivo (no sexualmente), y me encanta hacer NADA” le expliqué con sorna. “Y la costumbre de guardar la plata debajo del colchón, la heredé de mi abuelo” le rematé.
Como no le pagan para atender lunáticos, el hombre dió media vuelta y trotó hacia el escritorio de quien supuse sería el Gerente, en busca de un aliado para sancionarme a como diera lugar. El superior leyó a su vez el formulario y una franca sonrisa se pintó en su cara; vino al mostrador y arrimando su cara a la mía, por lo bajo me admitió que muchos clientes se molestan con lo invasivo del requerimiento burocrático, y me felicitó por mi sentido del humor en la circunstancia, al punto de decirme que el formulario estaba intachable desde el punto de vista normativo y que agilizaría la operación. “Es la puta ley Antilavado amigo. Mandados que le tenemos que hacer a no sé quién”.
Vamos sin dudas a tirar abajo la obligatoriedad de la Ley de Inclusión Financiera (de Bancarización Obligatoria) y vamos a toquetear sin lástima la normativa referida al combate al lavado de activos, de manera de que no persiga sin sentido al ciudadano común y sí castigue al delincuente de “guante blanco”.
Nos vamos a sacudir estas “putas leyes”.