Viernes 22 de noviembre, 2019
  • 8 am

Misericordia en acción

Pablo Galimberti
Por

Pablo Galimberti

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Mons. Pablo
Galimberti
El Domingo pasado me sorprendió encontrarme delante de un grupo de chicos entre 10 y 11 años en la misa en catedral. Cambié el enfoque de lo que tenía pensado y les conté los primeros episodios de la historia de Jean Vaillant protagonista de “Los Miserables” de Víctor Hugo, que les comparto.
J.V. sale de la cárcel. Había ingresado por robar pan para dar de comer a los siete hijos de su hermana. Los intentos reiterados de fuga, todos frustrados, prolongaron su condena.
Camina muchas horas. Intenta en vano quedarse en una posada. De aspecto lúgubre, con un morral donde guarda pequeños ahorros reunidos por la paga de sus trabajos en prisión. Pero el “pasaporte amarillo” acreditando su identidad delata su pasado. Deambula por las calles.
Una buena anciana le sugiere golpear en aquella puerta. J.V. llama y el anciano obispo dice “adelante”. La puerta se abre y entra este viajero con expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Mientras la hermana del obispo y la empleada quedan aterradas, el obispo fija en él una mirada serena.
Y sin esperar que el obispo hablese oye en alta voz: Me llamo Jean Valjean. He pasado en presidio 19 años. Estoy libre desde hace cuatro días. Nadie quiere recibirme.
¡Ponga un cubierto más! Dice el obispo a la empleada sorprendida. “No me entendió bien. Vengo de la cárcel”. Caballero, dice el obispo, tome asiento junto al fuego. En un rato cenaremos. El rostro de J.V. cambió en estupefacción, duda y alegría. Comenzó a balbucear como un loco: ¿Es verdad? ¿No me echa? ¡Soy presidiario y me llama caballero! Y no me dice: “Salga de aquí, perro”, como acostumbran decirme. ¿Cómo se llama? pregunta J.V. Soy el obispo, un sacerdote retirado que vive aquí. Tienes un nombre que antes que me lo dijeras yo lo sabía. ¿De veras? Sí, te llamas mi hermano! dice el obispo.
Tengo 46 años. Sí, sales de un lugar de tristeza. Pero mira que hay más alegría en el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido que por la blanca vestidura de cien justos.
¿Quién le dijo que no soy un asesino? pregunta J.V. El obispo respondió: ¡Eso es problema de Dios!
Cenan en una mesa con los mejores cubiertos, de plata y candelabros similares. Terminada la cena el obispo lleva al huésped a su habitación. En la mitad de la noche JV despierta. Imagina el valor de esos cubiertos, los mete en su bolsa y escapa. Al rato los gendarmes cumpliendo rutinas lo detienen. Al revisar su morral ven los candelabros con iniciales del obispo y van a llamar a su puerta.
“!Me alegro de verlos! dice el obispo. Te había dado también los candelabros, que son de plata y pueden valer 2000 francos. ¿Por qué no los llevaste?Gran desconcierto en J.V. y los gendarmes que se miran y dicen ¿es verdad, entonces, lo que decía este hombre? ¿Y les dijo que se los había dado yo?pregunta el obispo.
Parecía que J.V estaba por desmayarse. El obispo se aproximó a él y en voz baja le dijo: “No olvides nunca que me has prometido emplear este dinero en hacerte hombre honrado”. Alguien ha pagado por ti.
J.V. lloró largo rato con lágrimas ardientes. Examinó su vida y le pareció horrorosa. Y sin embargo, sobre él y sobre su alma se extendía una suave claridad.
¡Alguien ha pagado por ti !
Sí, alguien ha pagado por nosotros con su sangre, una impagable deuda de amor y perdón. Esa es la misericordia divina en acción. La que recibimos gratuitamente del cielo y la que podemos brindar a los demás.