Martes 10 de diciembre, 2019
  • 8 am

No hubo ángeles

Andrés Merino
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Andrés Merino

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Por Andrés Merino
Allá por 1968 ó 1969, ya existía determinada coordinación de servicios de inteligencia de los países del Cono Sur de cara a enfrentar a las guerrillas que se habían alzado en armas en Chile, Argentina y Uruguay. Pues contrariamente a lo que ha querido hacer creer el Frente Amplio a las nuevas generaciones con su llamada Historia Reciente, aquí los Tupamaros y asociados delinquían ya desde 1963, en pleno gobierno blanco y democrático.
Oficiales de las diferentes armas de nuestro país participaban en encuentros con colegas de los países vecinos para intercambiar información y experiencias, dentro de la legalidad; o sea que no formaban parte de lo que se llegó a denominar el Plan Cóndor tan publicitado a posteriori. Simplemente asistían a conferencias realizadas en las distintas capitales. En ellas se exponían las distintas visiones de las fuerzas armadas de los países convocados.
Uno de esos oficiales concurrentes, cumpliendo funciones en el área de Inteligencia de la Marina, era amigo de mi padre, también Oficial de Marina, y regularmente visitaba mi casa paterna, siendo yo aún un niño.
Cierta vez, haciendo mención a la diferente forma de encarar la lucha antisubversiva de Argentina y Uruguay, el Capitán de Navío en cuestión le relató a mi padre que había llevado al seno de un encuentro la posición de las fuerzas armadas uruguayas una vez derrotada militarmente la guerrilla urbana, ya devenida en esos días en auténtico terrorismo: se adecuaría un penal especialmente dedicado a recluir a los subversivos sometidos a la Justicia, pues hasta el momento convivían con presos comunes en lugares de detención como la Cárcel de Punta Carretas o Cárcel Central. Así fue que a los pocos años, derrotada la guerrilla, los procesados cumplieron reclusión en la Cárcel de Libertad hasta cumplir sus penas o ser amnistiados en 1985.
Es que los militares son así: se forman para planear, y ejecutan lo planeado más allá de vaivenes coyunturales, cosa que a los civiles nos cuesta entender esa forma rígida de hacer las cosas en el mediano y largo plazo.
Seguía contándole este caballero a mi padre que terminada su intervención, los colegas argentinos, muy serios y resueltos, afirmaron que no construirían cárcel alguna para albergar sediciosos reos; simplemente los aniquilarían. La lucha antisubversiva llevada hasta un extremo que incluso superaba los límites de una guerra convencional.
En casa nos quedó grabada en nuestras mentes esa afirmación que años después en la Argentina se convirtió en una realidad.
Los “porteños” no se andaban con vueltas, y fueron drásticos de un lado y del otro: una guerrilla insana, asesina, y una represión brutal, ya definida años atrás.
Esa diferencia de criterios marcó el destino de los combatientes de un lado y del otro del Río de la Plata. Mientras que en Uruguay exceptuando casos de desapariciones o asesinatos irregulares por parte de fuerzas de represión, los guerrilleros luego de cumplidas sus penas o luego de ser perdonados emergieron como políticos, ministros y hasta como un Presidente; en Argentina, por el contrario, muchos terminaron sus agitados días en el estuario que nos une o separa.
Recordando esa historia familiar que cuento, es que cobran interés para mí las declaraciones públicas de Gavazzo, uno de los oficiales del Ejército que ocupó en su momento la primera línea de batalla en los años de plomo que le tocaron vivir a nuestro país. Como muchos condenados, quizá mezcle la verdad histórica de los hechos que le tocaron vivir con afirmaciones destinadas a mejorar su posición, aunque a esta altura de los acontecimientos lo que cabría esperar de todos los protagonistas de aquellos tiempos es sinceridad.
Pero hay cosas que son incontrastables y que la propaganda de los diversos operadores de Izquierda no podrá torcer. Las víctimas de la represión ejercida en Uruguay pertenecían a organizaciones que migraron sin dudas hacia el terrorismo, y eran conscientes de dónde se metían cuando delinquían y agredían a una Sociedad democrática y a sus instituciones. Sin dudas tiraron la primera piedra allá por 1963 y los últimos planearon ataques terroristas hasta 1976, como por ejemplo la planificación de la eliminación de toda la familia Gavazzo, incluidas sus hijas, según ha tomado estado público.
Y coincide con mi recuerdo familiar lo aseverado por el icónico represor en el sentido de que quienes caían presos en Argentina tenían muy pocas chances de sobrevivir.
Cierto también es que los argentinos, totalmente pasados de toda rosca posible, alentaban las operaciones de bandas de delincuentes comunes que hicieran para las Fuerzas Armadas el trabajo sucio. Todas barbaridades en el contexto de guerras locas en ambos países.
No hubo ángeles en ningún bando. Sólo guerra sucia de uno y otro lado.
Nunca más.