Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Padre Pío – ¿Por qué atrae?

Pablo Galimberti
Por

Pablo Galimberti

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Por Mons. Pablo Galimberti

Hoy muchos salteños, de otros puntos del país y de Argentina peregrinamos detrás de las huellas de un fraile capuchino. Su vida irradia el perfume de su santidad y bondad a los que suplicamos su ayuda, una sonrisa en las tristezas o firmeza en los vaivenes y zarandeos de la vida.
Resulta inútil pretender milagros del Padre Pío, usarlo como fetiche y volver a la vida cotidiana como si tal. Podemos incurrir en esos auto engaños. Otra forma engañosa de acercarse a ese lugar conocido como La Aurora es ensayar elucubraciones mentales para entrar en estratósferas vacías. Y volver sin duda más engañados que como llegamos.
Al Padre Pío hay que venerarlo de acuerdo a lo que fue y vivió toda su vida. Como cristiano, identificado con Jesucristo, abierto a recibir de él enseñanzas para ofrecer al mundo esos secretos caminos de una vida plena en los laberintos del mundo de hoy.
Durante sus larga vida (81 años) vivió como fiel hijo de San Francisco de Asís, abrazando la pobreza y dispensando la alegría del corazón que aprende a amar dejándose consumir por la fuente del amor cristiano que es el mismo Jesucristo en persona.
La gente hacía cola para poder intercambiar unas palabras con él. No todos lo lograban. Porque este humilde fraile tenía un ojo clínico, un don sobrenatural que adivinaba y leía la conciencia de los que se acercaban. Por eso rechazó a muchos y a otros los hacía volver a los dos meses. Porque no veía buena disposición a cambiar de vida.
A primera vista parecía huraño y exigente. El lugar donde atendía era donde la gente acude a confesarse. Había que hacer largas colas desde temprano para poder hablar unos minutos con él. Cuando al fin les tocaba el turno muchos escuchaban un grito que los mandaba lejos. Eran curiosos con muy poca disposición a reconocer sus errores y cambiar de vida. Con quien llegaba con esta actitud sincera y capaz de decir la verdad el Padre Pío se mostraba afable y bondadoso. No así con los curiosos, a los que apartaba de inmediato.
Son muchísimas las conversiones que se producían en quienes acudían para unos minutos a solas. Muy comentada fue la historia de Italia Betti, de Bologna. Profesora perteneciente al partido comunista. Le habían diagnosticado un cáncer. Al encontrarse cerca del fraile experimentó una extraña turbación y pidió ver al Padre Pío. Al día siguiente se abalanzó al lugar donde confesaba y públicamente abjuró de sus ideas materialistas.
Un caso de bilocación fue el de Giovanni Bardazzi, que para contentar a su esposa entraba una vez al año a la iglesia. Una noche el Padre Pío se le aparece en su habitación y le dice: ¡Basta! Te espero en San Giovanni Rotondo. Fue el empujón que le faltaba. Pensaba en el viaje: voy a explicarle a este fraile que vive en otro mundo cómo va la sociedad y los planes del Partido. Cuando le llegó el turno el Padre Pío lo trató duramente diciéndole que volviera otro día. Lo intentó pero en vano. Sólo cuando se dispuso a cambiar de vida el Padre Pío le concedió el perdón divino.
Lo que buscaba sufriendo el Padre Pío era la disposición a cambiar de vida. Decía que se sentía “casi como el tercer interlocutor en el diálogo entre Dios y el pecador”. En una de sus cartas escribió: “Cuántas veces, para no decir siempre, me toca decir a Dios, como Moisés: “o perdonas su pecado o me borras de tu registro” (Éxodo cap. 32). ¡Su solidaridad con nosotros llegaba al colmo!