Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Emociones en redes

Gisela Caram
Por

Gisela Caram

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Para los adolescentes de hoy, Facebook es “de viejos”. Ellos usan otras aplicaciones para manifestarse, acercarse, conversar, se conectan a través de emoticones y símbolos.
Al ir difundiéndose nuevas forma de conectarse y conocerse, las nuevas generaciones, fueron adoptando e integrando además, múltiples aplicaciones para conocer, chatear y re-encontrarse con viejos y nuevos conocidos. En Facebook se muestra lo que se quiere que los demás vean, estado civil, estudios, familia, gustos personales, etc.
A veces no es lo mismo lo que se muestra, de lo que es la realidad.
Poner fotos, esperando un “Me Gusta”, o mandar mensajes, donde del otro lado se puede responder o no, “clavando el visto”. Pero detrás de esto está la posibilidad de acercarse “sin riesgos”, a ser rechazado o no atendido, como lo sería por ejemplo, con una llamada de teléfono.
Las redes dan la posibilidad de no exponer los sentimientos o las frustraciones, sino de esconderse con actos que dan cuenta de expresar lo que se desea sutilmente. Así, el agregar, eliminar, bloquear, son una forma de expresar lo que se siente, sin decir palabra.
Se dan “a ver”, situaciones, acontecimientos, historias de cada uno, y se recortan o resaltan, lo que se quiere que los demás vean.
Facebook, invita a buscar y sugerir personas conocidas, y admite que sea a partir de los 18 años, aunque mientras no hubo otra red, la mayoría de los adolescentes menores de 18, se hacían uno, poniendo otra edad.
En cambio, hay otras aplicaciones, donde la gente busca conocer personas desconocidas. Es el caso por ejemplo, de Tinder o Happen.
Aquí opera el GPS del celular, dando la opción de conocer gente en un radio cercano a donde uno se encuentre. El sentirse en contacto con otro sin poner el cuerpo, chatear indefinidamente, postergando el “encuentro real”, es una manera de estar con otro, sin estarlo en este tiempo. La vida virtual es parte de una forma de socializar, sin exponerse.
Los celulares son una adicción, es poca la gente que lo usa para hablar, sino para mirar, buscar y chatear.
En las familias con hijos adolescentes, los padres sí vislumbran que los celulares son causa de un conflicto, y tratan de cortar o controlar los tiempos de uso que hacen sus hijos, pero es como imposible.
A veces es difícil pedirles a los hijos, lo que los adultos tampoco logran controlar.
La comunicación a través de Internet es compulsiva. Nos permite minimizar la producción de frustración. Donde surge lo imposible, o lo real, aparece la virtualidad, que es como un anestésico. Ayuda a que no sea tan doloroso. Si algo no me gusta, o alguien me genera displacer, lo borro, lo anulo de mi pantalla y así duele menos. O lo suplanto por otra cosa, dentro de la misma virtualidad.
Que si estas nuevas generaciones, van a ir modificando la vida de relación, no hay dudas, no sabemos hacia dónde. Ni cómo será. Pero si sabemos que viejas formas de comunicarse se irán modificando, dando lugar a otros tipos de vincularidad.
Hace 20 años atrás esto no estaba tan instalado, como tampoco la gran tendencia al aislamiento que va construyendo esta forma de vivir.
Ni mencionar las horas que se dedican a los juegos en red, y esto arranca desde la etapa escolar.
Quizás no podamos cambiar estas nuevas formas de “estar” con otros, pero si, propiciar espacios y tiempos para jugar, para conectarse y también espacios compartidos donde todos dejen fuera sus celulares, de manera de poder sentarse a almorzar o cenar sin nada que irrumpa una conversación familiar.
Las instancias de diálogo son escasas y si cada uno está pendiente del celular, como en otro tiempo fue la televisión, las palabras, la comunicación se va empobreciendo.
Quizás en hogares donde el deporte, las reuniones, las salidas están más instrumentadas, es menos difícil propiciar esa no dependencia, el hablar, hacer chistes y reírse juntos, a reírse solos escuchando chistes que irrumpen desde los grupos, y sintiendo que se está con un montón de gente…
*Especialista en Vínculos