Viernes 22 de noviembre, 2019
  • 8 am

¡Y el lazo se rompió !

Mons. Pablo
Galimberti
Esta semana tuvimos la visita de cuatro misioneros,sacerdotes de Verona, que durante años trabajaron en el litoral norte. Entre muchas anécdotas rescato una del Padre Ottavio.
Desde Guichón hasta Arbolito hay 105 kilómetros. En tiempo de lluvia era un riesgo salir. Avisaba por radio y la gente me esperaba. Salía con gusto a los pueblos. Dormía en las capillas o casas de familia. Vida austera, pero yo no tenía ningún problema. Me gustaba, dice sonriendo.
Un día llegué a una familia. La señora se llamaba Juanita, el hombre, un baqueano habituado a toda clase de faenas camperas.
Proseando mientras tomábamos mate de repente se hizo un silencio. El gaucho salió y volvió con un lazo. Me lo mostró y me dijo: Bueno padre, esto es para usted! ¿Por qué? pregunté. Porque tiene una historia…. Y no se lo voy a dejar a nadie sino a usted. Mi curiosidad crecía.
Mire Padre, yo no soy de los que van mucho a la iglesia. Una vez cada tanto. Yo tenía que salir a recorrer el campo. Y un novillo arisco se me había ido lejos.
Le tiré el lazo, como hago siempre. Agarró bien al animal y cuando empiezo a tironear sucedió algo. Yo, un poco distraído, pierdo el equilibrio y caigo del caballo. El novillo empecinado me arrastraba por el terreno pedregoso.
Dentro mío sucedió algo extraño. “Es mi hora”. Y me salió un grito: “Dios, si vos estás hacé que se rompa el lazo!Y se rompió!”. Padre eso fue de Dios. Porque así como pedí se dio…
“¿Usted se da cuenta? Estaba por morir. Y como me ve estoy todavía vivo!”
Imaginé a ese gaucho corpulento, manos ásperas, abandonado a un destino que le caía como trampa. En esa impotencia se vio al borde de un desgraciado final. Pero pudo contar el cuento. Llenaba sus pulmones de agradecimiento y su rostro, forjado por los vientos y el sol dibujaba una sonrisa de niño. Con rostro sereno contaba aquella escena que por poco fue su última hora. Y ahora, delante de su esposa y el cura gaucho que compartía el mate y galletas de campaña, aquel gaucho baqueano llenaba las alforjas de su memoria con la sorpresa ingenua de un niño con juguete nuevo!!! Aquel final fue un comienzo!
No quedaban dudas. Su grito no se perdió en el vacío. Alguien escuchó mi temblor. Nunca había rezado. Pero supo que en aquel momento solitario su grito tembloroso llegó hasta el cielo. Y sin más trámite encontró respuesta!!!
Cuánta riqueza en aquel pecho gaucho que sabía mirar al cielo y agradecer. Y llamar a las cosas por su nombre. Al pan pan y al vino vino. Sin rodeos ni eruditas especulaciones que trampean la ingenua experiencia que grita que la vida no depende sólo de nuestra pericia o tecnología ni se mide por las cabezas de ganado o la chequera en el cinto.
Tocado por ese “destino”, se levantó rasguñado y sangrando, fue a buscar el lazo. Después lo arregló y lo guardó. Nunca más lo usó. Se convirtió en memoria de algo sagrado o mágico. Y él se animó a darle un nombre.
Padre, yo no lo toqué más. Es “sagrado”. No sabía a quién dárselo. Y usted es un hombre de Dios y puede entenderlo.
Ottavio compartió esta página de su vida misionera como huellas del Dios escondido, agazapado a la vuelta de la esquina. Y llama al trofeo “el lazo de la misericordia” o de las sorpresas de Dios.
Si visitan Verona, después del balcón imaginario de Romeo y Julieta, pregunten por el“lazo de la misericordia” en la Parroquia del Padre Ottavio.