Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Manos que protegen

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Diario

Por Mons. Pablo Galimberti

Ayer leíamos la noticia del asesinato de un joven policía cuando fuera de servicio hacía otras tareas para redondear sus ingresos y acariciar sueños de una familia con retoños. Lastimoso crimen que alimenta la sensación de vivir a la intemperie y que al salir a la calle una invisible espada de Damocles pende sobre nosotros.
El evangelio del domingo pasado relata con precisión el último gesto de Jesús antes de ser ocultado por una nube. Cuando su cuerpo resucitado se eleva, alzando las manos los bendecía. A ellos como a nosotros. Elocuente gesto que ofrece protección para todas las intemperies y temores de la vida. Externos e interiores, cuando mi vida se descalabra.
Disfrutemos este gesto protector. En medio de un mundo “descangayado”. También crecen semillas buenas y el cainismo no triunfará.
En efecto esas poderosas manos del Resucitado se prolongan hoy en gestos que socorren, cuidan, acarician, sirven y alientan, despertando amor y reciprocidad. Para compensar acciones airadas y violentas.
No son pocas las manos que a diario tejen vínculos solidarios. Pienso en las manos de mujer y de las madres.Que han acariciado y lavado sin asco nuestro cuerpo sembrándolo de memorias que de un modo u otro comunican seguridad.
Las manos son la metáfora del Otro que responde al grito de angustia o al “ninguneo” o heridas que nos infligen. Cuanto bien hacen esas manos que además de mirar saben tocar y escuchar el dolor, animando, educando, sembrando en tiempos favorables como adversos.
Aunque todos hemos aprendido a dar una mano, bien sabemos que las madres saben responder como ninguna otra persona a la vida que grita porque viene al mundo en una situación insuficiente y vulnerable. A diferencia de un perrito o gatita que separados bruscamente de la madre se las ingenian para sobrevivir. Pero nuestra naturaleza humana está programada de tal forma que necesitemos de otras manos cuidadoras. El contacto cercano y maternal, a pesar de los cambios culturales, siempre será indispensable.
La espera ocupa un lugar central en las madres. Ya la gravidez no es como quien espera un cumpleaños. La verdadera espera está atravesada por una incógnita; no es igual a lo ya conocido. Siempre habrá una cuota de incertidumbre.
La maternidad no es sólo un fenómeno fisiológico: el embrión que asoma en el cuerpo de la madre como extraño no provoca las conocidas respuestas inmunológicas. La agresividad defensiva del sistema inmunitario retrocede en lugar de activarse y el dominio del yo deja espacio a la posibilidad de otra vida y se detiene misteriosamente.
Si por lo general las mujeres conocen mejor el secreto de la espera y saben vivirla con mayor habilidad que los hombres, es porque han hecho la experiencia de la maternidad. Saben que la espera como signo de amor debe suspender otras esperas. Un cuerpo crece en otro cuerpo, se expande, adquiere sus formas propias, se diferencia. Es una de las lecciones más grandes de la maternidad: no puede autogenerarse, no se hace por sí misma, necesita de otro que, custodiándola, la lleva a la luz del mundo.
Es la hermosa misión de la madre: inclinada sobre el propio niño mientras lo ayuda a dar los primeros pasos. Admirable paciencia: Esperar sin exigir, sin preguntar, regalando horas y cariño.
Agradezcamos porque existen en el mundo esas manos gratuitas que prolongan en el mundo la protección de las manos divinas.