Sábado 14 de diciembre, 2019
  • 8 am

Larga vida

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

88 opiniones
Diario

Por el Padre Martín Ponce De León
Estaba por comenzar la misa dominical.
Como siempre, espero en la puerta del templo la llegada de los fieles hasta la llegada de la hora tomando y compartiendo unos mates. Allí uno se entera de algunas novedades o escucha algún comentario que se reitera. Era ya la hora cuando llegan dos personas. Espero suban la escalera para saludarles y luego ingresar al templo para comenzar.
Una de las personas, junto con el saludo, me dice del fallecimiento de una señora muy cercana a la parroquia.
Me impactó aquella noticia puesto que no me había enterado del in suceso y llamó mi atención el hecho de que nadie hubiese avisado pero…….
Desde hacía tiempo aquella señora venía padeciendo diversos quebrantos en su salud y, por lo tanto, la noticia podía ser realidad.
Mientras celebraba la eucaristía me preguntaba si debía decir de tal fallecimiento o debía esperar para averiguar.
Era una persona muy “de la capilla” como para omitir un rezo por ella.
Realicé un comentario y el pedido de una oración y en muchos de los presentes la noticia fue una desagradable sorpresa puesto nadie se había enterado.
Al concluir la misa una persona me dice que iba a ir a averiguar. Poco rato después recibo un mensaje diciéndome: “Doña (el nombre de la señora) está mejor que yo. Acabo de ir a la casa y estar con ella”
Todo había sido una confusión y nada más que ello.
Yo me recordaba de una vez que me encargaron una misa por una señora fallecida. Al ver que los presentes eran todos extraños supuse eran todos allegados a la difunta y la nombré reiteradamente. Han pasado ya más de treinta años y aún recuerdo aquel nombre (“María Rosa”) Al concluir la eucaristía la señora que había encargado la misa se me acercó furiosa para hacerme saber que María Rosa era ella y no la persona difunta.
Sin duda yo había equivocado la pregunta para saber el nombre de la difunta y ella me había dado el suyo y le había nombrado reiteradamente.
Dicen que lo que se logra con tal tipo de equivocaciones es prolongar la vida de a quien se da por fallecida.
Por eso, cuando vaya a saludar a la señora mencionada el domingo, le voy a llevar una flor para que ponga en mi tumba el día de mi muerte puesto que ella ha de tener una larga vida mientras yo juego, día a día, los descuentos.
Todos sabemos que la muerte es un paso inevitable de la vida y que más tarde o más temprano habremos de dar dicho paso.
Ninguno está exonerado de dicho paso. Es nuestro final inevitable y lo tenemos que tener bien presente aunque no vivamos agobiados con ello.
No será el fin de nuestra existencia pero sí el paso a una realidad de vida distinta.
Continuaremos estando sin la necesidad de espacio y tiempo.
Continuaremos estando sin la necesidad de nuestro cuerpo.
Dios jamás nos arrebata lo que nos ha dado por ello jamás nos quitará la existencia y habremos de pasar a una vida distinta a la actual.
En esa nueva manera de estar habremos de poseer en plenitud todos esos valores por los que empeñamos nuestros esfuerzos de hoy.
Allí, en esa nueva manera de presencia, habremos de tener en plenitud todos esos sueños por los que gastamos nuestros días.
Yo no pesará la realidad física y todos los achaques propios de los años o del tiempo vivido. Todo será calidad de vida en plenitud.
Nuestra existencia física es una cuestión que depende del proyecto de Dios, dueño de la vida y no un empeño de nuestras capacidades.
Tampoco responderá nuestra presencia a algún error involuntario que pueda otorgar una larga vida a otro.