Jueves 28 de mayo, 2020
  • 8 am

Maestro saludador

Néstor Albisu
Por

Néstor Albisu

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Diario

Para todos aquellos que han tenido, tienen o tendrán la autentica vocación de educar.”

N.A.

EL traqueteo del tren lo adormecía, concentrándolo en sus pensamientos. Se veía con su título de maestro nuevito, tomando el tren para su primer destino, su 1era. Escuela. No se imaginó entonces que a lo largo de sus 40 años de profesión, sería también su única escuela.

Primero chocó con un ambiente campesino que desconocía. Pueblero de siempre, enfrentó el silencio, horizontes largos que chocaban casi siempre con esperanzas cortas. Poco a poco, esa misma gente y su espíritu generoso, lo fueron conquistando hasta que pasó a ser parte del poblado.

Diario

Pocos sabían su nombre. Primero lo llamaban “el maestro”, ahora “el viejo maestro”. A pesar de haberle ofrecido traslados, se fue quedando. Al principio como un desafío a sí mismo, luego cariño y costumbre. Ahora, con su retiro a la vista, se dio cuenta que ésta había sido su primera, única y última escuela.

Nunca pensó en trabajar en la ciudad. Por su madre al principio, luego la menos de una hora de distancia que le quedaba. Así se impuso realizar 5 viajes ida y vuelta de la ciudad al poblado, todas las semanas.

Pocos días quedaban para su retiro cuando un rumor ganó al pueblo: “El viejo maestro está loco, totalmente loco… es un peligro para los gurises. Hay que denunciarlo.

Y así los mal-entretenidos de siempre, ocuparon sus horas perdidas de boliche, adornando el rumor. Y las comadres, sin tiempo para ayudar a la Comisión de Apoyo escolar, quemaban la comida, desatendían marido y gurises, para ir de rancho en rancho, esparciendo el rumor. Si alguien ponía en duda sus dichos, explicaban: “…pero si saluda desde la ventanilla cuando viene y cuando se va, en zonas desoladas, agita su mano como saludando a ánimas (y ahí se persignaban para hacer más fuerte la imagen).”

Esto lo veían todos. El viejo maestro, al acercarse al pueblo y al irse, por varios kilómetros, agitaba su mano, como saludando.

El pueblo en parte lo tomó para la risa, otros con alarma. De allí surgió el nombre de “maestro saludador”. Los alarmistas pidieron al comisario que informara a las autoridades de Enseñanza. Pronto lo citaron al viejo maestro a la Inspección, encontrando allí alguno de los “notables” del poblado. El Inspector leyó las acusaciones.

Finalmente le sugirió una larga licencia hasta su retiro.

Él simplemente los miraba sin hacer comentarios. Hasta que le tocó hablar. Esbozando una sonrisa, y con su modulada voz de maestro expresó: –“Que yo sacudía la mano, es cierto. Pero se equivocan al pensar que saludaba a alguien. Vean, hace 40 años que voy y vengo en tren por este mismo paraje. Al saber que éste sería mi último año, realicé pequeños esfuerzos económicos. Con todo respeto, Sr. Inspector, coincidirá conmigo que nuestros sueldos no son de los mejores. Me impuse quitarme algunos pequeños placeres, como el cine de los sábados, el vino del domingo, etc. ¿Para qué? Simplemente para comprar semillas de flores. Al paisaje tan inhóspito que me acompañó estos 40 años, intenté mejorarlo, para el que venga a sustituirme. Por eso agitaba la mano desde la ventanilla al ir y venir; desparramaba semillas para mejorar el camino y el paisaje de los que vendrán.

Esa era la causa, Sr. Inspector, le agradezco y acepto su sugerencia. A Uds. queridos vecinos mi saludo. El viaje del Maestro ha terminado.” Y sin decir más se retiró y nunca más lo vieron.

¡Qué ironía! Aquel que sembrara abecedarios durante tantos años para hacer florecer la mente de sus educandos, quiso culminar su vida sembrando flores. Siempre sembrando para otros, nunca para sí.

Si visitan algún pueblo del Salto profundo y olvidado, y ven niños riendo, cantando, junto a lindos canteros de flores, pueden asegurar que por allí pasó el Maestro. Viejo o joven, hombre o mujer. Aquellos que generalmente sin nombre o recuerdo, siembran amor, conocimiento, belleza, para el provecho de otros, sin esperar siquiera que alguien diga: “Gracias, muchas gracias, querido Maestro”