Martes 19 de noviembre, 2019
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Fútbol: Comenta Daniel Vidart

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti

Vidart, (+14/05/19) escribió sobre nuestro fútbol en “La pelota: rito, magia y juego”, en el libro que me obsequió y dedicó cuando lo visité en mayo del 2001. El imaginario futbolero despertó en mí con Carlos Solé, primo hermano de mi padre. Inolvidable: cuando el locutor de tandas quería intervenir, Solé lo frena: “¡Cairo, esto no está para galletitas!”

Para Vidart los jugadores son “nuevos gladiadores del siglo XX”. Esta fue “una de las primeras invenciones de la humanidad para el solaz de los niños, adiestramiento de jóvenes y recreo de los mayores. Fue también el vehículo de mitos solares y lunares…”.

Diario

Una tumba a orillas del Nilo muestra escenas de muchachos que intercambian al vuelo pequeñas pelotas. En Grecia a la pelota se la llamaba sphaira, esfera y en Roma “pila lusoria” (“pelota para jugar”). La palabra “pila” evoluciona en la palabra “pelota”.

En Grecia, igual que en Roma, se jugó a la pelota. Sófocles el dramaturgo y Alejandro el conquistador, fueron insignes jugadores. Y entre los romanos no se quedan atrás Julio César, Augusto y Marco Aurelio. Se recomendaba a los jóvenes practicarlo porque concedía buena vista, agilidad corporal y fuerza muscular. Galeno, médico de Marco Aurelio, expresa que los juegos de pelota “por naturaleza son propios para divertir, asegurar la salud del cuerpo y la justa proporción de los miembros, a la vez que desarrollan las buenas cualidades del espíritu”.

“Estas actividades lúdicas, en el camino que va del ayer al hoy, juntan el mito con el deporte, la horda ancestral con la sociedad de masas, la comunidad participativa con el imaginario del espectador. Pero aunque este espectador contemporáneo no actúa en la cancha, nada tiene de pasivo mirón. Aunque atado a su roca de cemento, como un nuevo Prometeo, –eso no le impide liberar a grito pelado los sentimientos del pathos dominguero. Como un poseído aclama y maldice, ríe y llora, enarbola sus frustraciones, supura sus odios y enciende sus entusiasmos entre gritos, cantares, improperios y ademanes que lo retrotraen a la humanidad de los orígenes.”

Vidart olfatea una huella “sagrada” en el fragor futbolero: “Esta turba de espectadores frenéticos y supersticiosos, pertenecientes a nuestro tiempo, aparentemente desacralizado, inauguran un mágico revival que los transporta a los mundos del mito y la liturgia. Poseídos por un furor regresan a los ritos de la tribu.” La sociedad masificada de hoy no se puede sustraer al fondo inconsciente de la especie. Los hinchas, fans y los terribles hooligans se devoran la cola: empalman así el salvajismo social del presente posmoderno, producto explosivo de la muchedumbre solitaria, con la furia de los cultos dionisíacos y la parafernalia carnavalesca nacida en el medioevo.

Para Vidart entre el ayer y el hoy existen ocultas similitudes. Tamboriles, bengalas y caras pintadas colman nuestros estadios. De tal modo que las multitudes de fanáticos conforman uno de los contrastes más característicos de la civilización del consumo y el derroche.

Los ingleses llegados a nuestra región lo acriollaron y comenzó el ciclo de la garra charrúa. “El caballeresco fair play británico de otrora se ha convertido en una exhibición de puntapiés, planchazos… que dejan en pañales a los “ferreteros unidos” de aquella insalvable línea media de Nacional o a las estocadas furtivas, muñón mediante, del legendario Manco Castro…”

Sugerentes miradas sobre nuestra idiosincrasia.