Domingo 15 de diciembre, 2019
  • 8 am

Partidos políticos y democracia

Leonardo Vinci
Por

Leonardo Vinci

37 opiniones
Diario

Por Leonardo Vinci.
En 1899 el Diputado Aníbal Semblat decía que la vida democrática de un partido político no se vigoriza, ni aumentan sus prosélitos ni éstos se yerguen, luchan y vencen, sino a condición de estrechar sus filas, entrechocar sus raciocinios, confundir sus pensamientos y enarbolar una misma bandera en cuyo paño vaya netamente escrito, sin cobardías que la abatan, los viejos lemas que la fortificaron en sus patrióticos afanes.
Recogiendo las enseñanzas de nuestros mayores en páginas amarillentas, asumimos claramente que la vida democrática de un partido político tiene que arrancar de aquellos impulsos que la arrojen decididamente en el campo de la lucha, a pecho abierto y corazón batiente.
La vida de una agrupación política para alcanzar el rango visible de una existencia digna, fecunda, tiene que agitar los recuerdos de sus luchas originarias; tiene que buscar en su pasado aquellas lecciones que la ennoblezcan; tiene que cruzar a través de los caracteres que la glorificaron; tiene que reverenciar a aquellos que cayeron en el charco trágico de su propia sangre; tiene que entonar un salmo de aquellos de sus héroes que virilmente se inmolaron en sus holocaustos y tiene, en definitiva, que evocar la sombra de sus poetas, de sus soldados, de sus viejos caudillos. Y sólo así, y de ese lejano fondo moral, de ese bullir de hombres, tradiciones y leyendas, de ese conjunto de hazañas que el bronce y el mármol inmortalizarán mañana, emergerá la fuerza enorme, eléctrica, eficiente, que arroje a los políticos honestos en la vorágine de la lucha fecunda y de la gloria inmarcesible; pero para que un Partido marche por sus cabales y se agite a impulsos de su corazón magnánimo, de su imaginación y de su arte, es necesario que estreche sus filas; de otra manera su iniciativa caerá en el vacío, en la esterilidad, en la indiferencia.
La democracia requiere para sustentar su noble existencia, la luz gloriosa del mediodía y el aliento de las muchedumbres; la democracia en cuya levadura se forjó el alma de las colectividades originarias, buscó siempre la tribuna popular para dictar las tablas de su ley política; recorrió triunfante los espacios de la plaza pública, dándole esparcimiento a su espíritu selecto; se congregó en sus comités para sostener sus arrogantes controversias, y así puso siempre sus ideales a toda prueba.
Marchemos entonces hacia el porvenir, respetando nuestras mejores tradiciones.