Martes 4 de agosto, 2020
  • 8 am

Genios de papel

César Suárez
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César Suárez

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Diario

La naturaleza le da a cada uno una serie de virtudes diversas y a pesar que se dice de quienes tiene dificultades pertenecen a un grupo con inteligencias diferentes, seguramente no haya dos personas por más capacitadas que sean que terminen por tener inteligencias iguales.

A cada uno le toca lo que le toca y cada uno hace después con eso maravillas o termina por arruinar todo.

Hay quienes no les queda otra opción que ocuparse de algo para lo que no tiene ni vocación ni aptitud y otros que tienen la posibilidad de explotar adecuadamente su habilidad terminan siendo genios en ocasiones aceptados popularmente como tales en su rubro.

Y como todos somos diferentes, siempre habrá quienes se destacan más que otros en diversas actividades y la calificación de de esa inteligencia estará relacionada, no a la virtud en sí misma si no a la apreciación de quienes lo juzgan.

Muchos genios a la luz de la valoración actual de sus obras, casi murieron de hambre porque cuando les tocó vivir nadie pudo apreciar su valor.

Una vez un político le dijo a otro dirigente de mayor fuste que había que saber escuchar la opinión del pueblo y que la calle se criticaba duramente la gestión del gobierno a lo que el político de fuste le contestó, no sé porque calles anda usted porque porque yo ando todo el mundo está muy conforme.

La virtud no se destaca por sí misma si no por la calificación que los demás le asignan.

Cuando uno escucha a una madre hablar de su hijo, seguramente jamás escatimará en elogios.

Por más feo que sea el bebé, la madre dirá que es preciso y a los demás que andan cerca no les quedará otra opción que aprobar dicho juicio aunque sus pensamientos diste bastante de esa apreciación.

Para esa misma madre, ese niño feo, aparte de verlo precioso, es el más inteligente por más que repita el primer año de escuela y nadie la convencerá de que esa repetición no sea a causada porque la maestra es una inepta, una envidiosa y que no supo apreciar la inteligencia oculta de su genial niño.

Para la madre, por más pata dura que sea su hijo, siempre terminará por descalificar al director técnico del baby fútbol por conspirar contra la habilidad de su niño y favorecer a otros niños que juegan mucho peor que su bebé.

Y después, cuando adolescente, por más que el chico viva vagando, no estudie ni la tapa del libro, terminará diciendo que los profesores no están capacitados para comprender ese diamante en bruto, por más que tenga de esa rústica piedra preciosa sólo su condición.

Y si después el vago no trabaja ni estudia y no hace nada, su madre dirá que no hay tarea digna de ese genio tan destacado y que el pobrecito, no puede desperdiciar su talento haciendo trabajos indignos para su condición.

Sin duda que todo se ve según con el cristal que se mira y la virtud es de acuerdo a la demanda y de acuerdo a quien lo califica.

Es por esta razón que los ídolos de cualquier comunidad dependerán de la cultura que predomine.

Cuando uno mira la televisión y ve los ídolos de la gente, poco menos que se quiere morir, pero una fuerza incontenible, hace que sean genios, individuos que no se merecerían otra cosa que comenzar a ir a la escuela de nuevo y con maestra particular de apoyo.

Es obvio que justifico a la madre que mira a su hijo desde lugar del amor y el amor de una madre ocupa todo el lugar donde va el cerebro y no le queda sitio para razonar, pero a los demás, que hacen genios a individuos de conductas impresentables, no lo puedo entender.

Al final terminamos por pensar que las mejores virtudes no coinciden con el éxito porque el éxito está relacionado con la capacidad de los testigos de apreciar las virtudes.

Por todo esto, es seguro que cada pueblo tiene los ídolos que se merece porque cada sociedad los construye, los alimenta y los mantiene y es ahí donde proliferan los genios de papel a los que después la historia se encargará de arrugar y tirar a la papelera, pero mientras tanto, disfrutan de cuarto de hora alimentados por la cultura del momento.