Miércoles 21 de agosto, 2019
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Testigos de la vida

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Como peregrinos son enviados.

Uno a uno marcha en pos de un encuentro motivador de un anuncio.

Un anuncio que dirá de la vivencia de un encuentro.

No van a anunciar una doctrina. Van a preparar caminos para una futura llegada.

No son los antiguos promotores de un producto.

No son agentes de marketing de un alguien que buscan imponer.

Como peregrinos son enviados para que sean testigos.

No llevan otra cosa que sus vivencias.

Serán sus experiencias lo que habrán de transmitir.

Ellos son enviados a ser compartidores de una experiencia de vida. De sus vidas.

No tienen una visión acabada de quién es ese ser con el que comparten las horas pero sí poseen un suficiente caudal de experiencias vitales como para poder decir de Él.

No van a instalarse. Simplemente van a dar testimonio de un camino recorrido. Seguirán en camino.

Ser continuadores de Cristo requiere esa doble experiencia; saberse enviados y descubrirse peregrinos

Necesario se hace ese saberse testigos de una experiencia de encuentro.

Evidentemente que es mucho más fácil el que uno se torne “decidor” que testigo.

De Cristo podemos saber mucho pero lo verdaderamente importante es vivir mucho.

Nuestra transmisión puede ser de un algo así como “una materia estudiada” cuando lo verdaderamente importante es compartir una experiencia vital.

Sin duda que nos cuesta hablar de nuestras experiencias interiores y muchísimo más decir de nuestras vivencias de fe.

Como que no es de nuestros temas más frecuentes. Es un tema que reservamos para algunos ámbitos y muchísimas veces nos limitamos a ser trasmisores de palabras escuchadas. Nos cuesta muchísimo ser testigos.

Los discípulos fueron enviados a escuchar, aprender y compartir. Fueron enviados a testificar sus experiencias personales más profundas.

¡Con que admiración hablarían de los hechos y lo dicho por Jesús!

Indudablemente que escucharían hablar de la esperanza ante la llegada del Mesías y ellos replicarían de su ya haberlo encontrado en la persona de Jesús el Nazareno.

¿Qué estaban equivocados en su concepto de Mesías? Sí, lo estaban, pero estaban convencidos de que Él era el Mesías.

Su convicción no cambia. Lo que posteriormente habrá de ser modificado es lo que ellos entendían por Mesías.

Nada hace dudar que, ante el envío, salen convencidos a brindar su experiencia.

¿Qué otra cosa podían hacer aquellos hombres tan llenos de sencillez y poca cultura?

Cristo no los eligió por sus conocimientos o por su compromiso con el momento histórico, los eligió por la capacidad que tenían de entusiasmarse y jugarse por una causa.

Cuando entienden que la causa ha llegado al límite del fracaso abandonan por más que, posteriormente, una extraña fuerza de convicción los vuelva a reunir y les lleva a esperar contra toda humana esperanza.

Pero, mientras tanto, son convencidos entusiastas por más que muchas cosas les sobrepasen.

Eso es, un poco, algo de lo que le falta a muchos de los que nos llamamos cristianos. La convicción entusiasta por más que muchísimas cosas no las lleguemos a comprender totalmente.

Parecería como que nos avergonzamos de creer pese a no entender.

Ser testigos de Cristo implica ese estar entusiasmados y jugados por su causa por más que nos descubramos sin tener todas las respuestas.

Hoy, llamándonos por nuestro nombre, conociéndonos y aceptándonos, nos envía para que compartamos, sin vergüenzas nuestras vivencias de encuentros con Él.

Lo de cada uno de nosotros es válido si lo hacemos con el entusiasmo de estar convencidos y con la seguridad de que no hemos sido nosotros quienes lo elegimos a Él sino Él quien nos eligió.