Lunes 14 de octubre, 2019
  • 8 am

Amar al prójimo

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

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Cuantas veces nos hemos preguntado ¿Cómo ayudo al prójimo?. Me parece que, primero conviene saber quien es mi prójimo. Recurro al diccionario para saber que dice sobre dicha palabra:

Prójimo: “todo ser humano con respeto a otro”. Que nos quiere decir esto, al que tengo en frente, a mi lado derecho, atrás y a la izquierda, es mi prójimo, sin importar su nivel social o estatus, adquiere esa condición con estar a mi lado.

Mi familia es la primera que aparece, luego los amigos, los conocidos, los integrantes de la sociedad, todos los uruguayos, y creo que ya tengo suficiente cantidad de prójimos a mi lado, como para atender. Está demás decir, que dentro de esa atención, es conveniente, darle una prioridad a los más necesitados, pero nadie puede saber, si, el que tengo enfrente es un ser humano de buen pasar, no es más necesitado, ya que está vacío por dentro, que aquel que me pide una moneda.

1786-2

Eso es lo difícil de saber, ya que Cristo vino y murió por todos los seres humanos, y no miró su condición, sino que bastó con ser un humano. Y vive y sigue muriendo cada día por todos. Por eso es el valor de la comunión, que es el cuerpo y sangre de Cristo, hecho Pan, para ser alimento y fuerza, y así descubrirlo en cada uno de las personas que nos rodean.

Que fácil y lindo es escribirlo, pero que es muy difícil vivirlo. Que fácil y lindo es decirlo, pero que difícil es descubrirlo. ¿Qué nos queda? Lo que usted está pensando ayudar, en la medida que se pueda, a TODOS. Me parece que en lo que esta a mi alcance, tratar de hacerlo, y de la forma mejor posible.

Una de las mayores falla que tenemos es nuestra falta de compromiso. Comenzamos con una fuerza arrolladora, que lentamente se va menguando, para luego comenzamos a poner excusas, que son o pueden ser reales, que las teníamos desde un principio, pero ahora es nuestra tabla de salvación, frente a nuestra falta de compromiso. Comenzamos, parecería viendo a Cristo, para que lentamente se nos va esfumando su rostro de los seres humanos que nos rodean; en otras palabras dejamos de ver a nuestro prójimo.

No crea que esto lo escribe un sacerdote, no,

soy otro ser humano como cualquiera, que le gustaría ver a Cristo en cada uno de los que me rodean, sabiendo que es imposible, tratar de dar de mi, lo que esté a mi alcance.

Estoy convencido que si todos miramos con más amor a nuestro lado, el mundo cambiaría, y tendría que comenzar por mi. Comenzando por reconocer mis debilidades, mis fallas, ser más humilde y con toda esa mochila, sobre mis hombros, pedirle ayuda, fuerza y entrega a Dios, para reconocer a su Hijo, en cada uno de los seres humanos que me rodean.

¿Qué puedo hacer? Tendría que aprender a trabajar en silencio, sin que nadie se entere de lo que uno hace; de tratar de dar algo de uno; de no rechazar a nadie; de no tenerle miedo al “olor a oveja”; creo que debe de ser el comienzo del encuentro con el prójimo.

Pero lo más importante y difícil de todo, es amar como a uno mismo.

Voy a tener que empezar muy despacio, capaz que cueste más de lo que creo, a ir cambiando mi forma de ver al otro, de levantar mi nariz más arriba, así ver hacia delante, siempre pidiendo ayuda y se que se puede sentir que no llega, pero tengo que convencerme que alguien guía mi camino y que vamos juntos; que si flaqueo, el me va a ayudar a ser un mejor ser humano.