Viernes 15 de noviembre, 2019
  • 8 am

Paciencia, comprensión y escucha

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

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Por Gerardo Ponce De León
Vamos a tener, en este escrito, tres personajes, dos que ni los nombres sé, y el otro es quien escribe. De los dos, uno es un varón, por el cual tengo una relación de más tiempo, que con el otro, que es su compañera. Así como no se sus nombres, no se donde viven, su edad, donde trabajan (si lo hacen) o a que se dedican.
Se que el, antes de conocer a su compañera, estaba en el alcohol y no con tanta frecuencia, en la droga, esto lo se porque él me lo cuenta. Cuando me ve, se arrima a saludarme y me dice: “Hola viejito”. Con la mugre acuesta y el olor a mugre, queda impregnado, ya que cada saludo es un abrazo.
Un día se me aparece y me dice: “Viejito, esta es mi compañera” y esa fue la presentación formal. Comenzó a cambiar, me decía que le pedía a Jesús que lo ayudara, y en más de una oportunidad dejo, en los pies de Jesús crucificado, alguno de sus trabajos con palma. Estaba limpio, contento y hasta se presentaba peinado. Como de costumbre, me venía a saludar y lo ponderaba por lo bien que se le veía, su compañera también estaba contenta.
Alquilaron una casita, y fueron poniendo adentro cosas elementales, como un colchón, (no tenían cama) una garrafa; arreglaron el baño, y si entró más cosas no les puedo decir.
No hace un mes, se me arrima su compañera y me dice:”Háblele, yo me retiro porque no quiero que él, me vea llorar”. Cuando estábamos solos, lo llamé “Viejito no me vas a saludar”. Se me arrimo para cumplir con el ritual del saludo y lo veo sucio y con olor. “Pero viejito, le dije, volviste a caer. No te dieron las fuerzas para decir que no. Vamos arriba, no importa que caigas, si no lo que vale es que te vuelvas a levantar, y lo puedes hacer” algo más le agregue. Me abrazo y se fue. Este fin de semana me encuentro con ella y le pregunté por “el viejito”, muy triste me dice que no sabe que es de la vida de él; si que le vendió las cosas, “duermo en el piso”.
No creo que sea el único caso que sucede esto, ya que, por lo poco que se, la dependencia a un vicio, es algo que solamente quienes viven en su entorno, que lo sufren, saben lo que es.
En el caso del “viejito” tengo que jugar con la imaginación, y lo veo diciéndoles que no, una y otra vez a sus compinches, sus compañeros de su vida anterior; recibir bromas, que deben de llegar hasta de mal gusto, tener que darse vuelta e irse, hasta que le tocan la fibra que está latente en él, que también lo llama y cae. No importa la lucha anterior, es muy fuerte lo que lo llama y se abandona todo.
Pobre la familia que les toca vivir cosas como estas, y si será real que en más de una oportunidad, sentimos: “Me vendió las cosas para comprar droga” en cualquier página policial lo podemos encontrar. La madre que denuncia a su hijo. Lo hacen desesperadas frente a un problema que no se le encuentra solución.
Más de una vez me he preguntado que hago por ayudar, me miro mis manos y las veo vacías, pero la verdad es que no se que hacer. Se que sin preparación es muy probable que me involucre y luego me tengan que buscar ayuda para salir del problema que lo hice mío.
Escribir o escuchar sobre este problema no es la cuestión, pero el saber como ayudar es el quid. Paciencia, comprensión, escuchar y amor, deben de ser las claves para ayudar a estos enfermos que buscan ser tratados, atendidos y protegidos.
¡Que difícil es ver a Cristo en estos seres humanos!