Viernes 22 de noviembre, 2019
  • 8 am

Saber mirar

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

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En una reunión, conversábamos, con la gente presente de que Dios, el día que nos toque estar frente a Él, nos va a preguntar que hicimos con los dones que nos dio. a Él, no le importará si nuestro uso era a la moda, la marca de lo que teníamos, y tantas cosas más que se pueden agregar; si le va a importar: humildad, aceptación, alegría, si transmitimos la presencia de Él, con nuestro obrar, si lo vimos en nuestro prójimo, y lo más importante: si fuimos capaces de dar amor.

Le va a importar todo lo contrario a nuestra comodidad, sino como di dad; sabiendo que ese compromiso implica: sacrificio, negaciones, y entrega. Porque esto, ya que sabe que no es fácil dejar de la lado todo lo que nos ofrece el materialismo, y ese dejar de lado implica sacrificio; también trae consigo decir que no al consumismo; al mal uso de la tecnología; al dejarnos estar, sin el intento de superación; al caer y no tratar de levantarnos; todo lo que nos lleva a una entrega, dejando de lado todo lo que tenemos que nos apega a lo mundano. Se me puede decir que no es común obrar así, y les tendría que decir que el primero en no cumplir, con estos requisitos, soy yo.

Los otros días se me arrima una persona y me ofrece un trabajo hecho con palma, de entrada miré y mi intención fue decir que no. Me miró y me dice: “el que me dio tal cosa, un día que pedí, ¿fue usted?”. Me salió la verdad y le contesté que no recordaba ese día. Me volvió a mirar y fue a reiterar la pregunta y él mismo se contestó: “si es usted” y me pidió que aceptara, como recuerdo el trabajo que había hecho. Se lo tomé y era una langosta. Le pregunté a cuanto las vendía y me dijo que a voluntad de lo que le querían dar. No me importó más la langosta, sino el gesto y la lección que me estaba dando. Estaba “dando todo de su pobreza”, y sentí vergüenza, ya que no quise, de entrada “comprarle” lo que se me ofrecía. Pensé, aburrido de que me quieran vender cosas que no son útiles, como me han llegado a ofrecer almanaques de varios años atrás, y recibí, por ese no, que casi digo, una lección. Creo que no fui capaz de ver a Cristo, en ese rostro, que no negaba el abuso en alcohol o droga, y lo juzgue, rápidamente por apariencia, darle plata para que se emborrache o se drogue, y me negaba a hacerlo, pero me enseño a ser agradecido.

No quiero decir con esto, que se tiene que comprar o colaborar, con todo lo que se nos ofrece, pero, aprendí, a mirar, para poder ver, quien me está ofreciendo algo. Se que hay cuentos y cuentos, lo peor es que, en mi caso, paso a juez enseguida y catalogo a la gente por la primera impresión que me transmite.

Diario

Acá es donde Dios, me va preguntar: “¿Qué hiciste con la memoria que te di?; ¿fuiste capaz de verme en el que te ofreció su trabajo?”, y es acá donde tendría que sentir mas vergüenza, pero eso va a ser pasado, y no se puede cambiar lo que pasó. Por eso tengo que aprender a ver, tengo que dejar de lado, lo que se puede pensar de mi; hacer las cosas de que me sienta contento y feliz, y mejor aún, si nadie se entera de mi obrar.

Como dice San Ignacio de Loyola:

“¿De qué te sirve ganar el mundo, si para lograrlo desperdicias tu vida?

¿De qué te sirve perseguir el éxito, si en el camino te dejas el corazón, los valores o la alegría?

¿De qué te sirve coleccionar aplausos, si no comprendes que una caricia vale más que todos los parabienes del mundo?

¿De qué te sirve el poder, si no es para servir?”