Sábado 14 de diciembre, 2019
  • 8 am

Las comidas de Jesús

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

635 opiniones

Los relatos evangélicos mencionan, en muy diversas oportunidades, a las comidas de Jesús. No es una mención casual sino muy intencionada.
Por algo son muchas más las referencias que hacen a las comidas que a otro tipo de referencias que son casi imposibles de encontrar en tales relatos.
Comidas que Jesús compartía y que celebraba con gusto.
En un determinado pasaje ponen a Jesús diciendo que “dicen que soy un comilón…”
Lo primero que viene a mi mente es la posición de Jesús en sus comidas.
No puedo imaginarlo ubicado en un lugar alejado del resto de los comensales, con cara seria y únicamente pronunciando palabras cargadas de solemnidad.
No puedo imaginarlo distante sino que, necesariamente, lo imagino formando parte de los participantes. Comía con ellos, era uno más.
No puedo imaginarlo con cara seria o circunspecta sino disfrutando de los cuentos, anécdotas o bromas que allí se pronunciaban. Le importaban los comensales y disfrutaba con ellos.
Supongo en más de una oportunidad debe de haberse escuchado su carcajada como respuesta a algún relato escuchado en alguna oportunidad debe de haber despertado sonrisas con alguna broma salida de sus labios.
Era un comensal delicioso de invitar puesto que no ocultaba su disfrutar de aquellos encuentros.
No se ponía en un plano de distancia sino que haría cuentos y bromas como lo hacían los otros comensales.
Jesús disfrutaba compartiendo la comida con los demás.
Era un momento donde se sentía saboreando un trozo grande del Reino puesto que, para Él, eso era un anticipo del Reino con el que soñaba.
Un Reino donde todos fuésemos iguales porque compartiendo una misma comida.
Un Reino donde cada uno pudiese sentirse importante como para saberse compartiendo, en un plano de igualdad, con los demás.
Comensales que comparten igual comida y trozos de vida.
Comparten la buena noticia de la vida misma y la de poder estar juntos.
Sin duda Jesús escucharía con atención los dramas de vida que siempre surgen en una comida de iguales y con una sonrisa las ocurrencias que brotarían de las entrañas mismas de la vida celebrada.
Para los primeros cristianos esta realidad de Jesús ha sido tan importante que quieren prolongarla en su realidad posterior al Maestro entre ellos.
Se reunían para celebrar “la comida de Jesús”. Conversaban, compartían y reiteraban la fracción del pan y participaban de la copa del Señor.
Era un momento de espontaneidad y de celebración gozosa.
No podían dejar de tener en cuenta algo que para Jesús había sido de enorme importancia en su predicación hecha vida.
Era, sin duda, su más fiel manera de mantener viva la presencia y el recuerdo del amigo que se había marchado y al que esperaban retornando.
Con el paso del tiempo el compartir entre los comensales se fue desvirtuando y se vivió la necesidad de “ritualizar” la comida de Jesús.
Lo que era una reunión de fraternidad fue adquiriendo ritos y fórmulas que le hicieron el sacramento que hoy celebramos.
Resulta casi imposible pensar en un retornar a lo de Jesús pero, sin duda, son necesarios pasos que acerquen a lo de aquellos tiempos.
Recuperar la fraternidad de los encuentros y la espontaneidad de la vida compartida.
Recuperar momentos de participación y de alegría.
No me pregunten cómo se puede hacer tal cosa puesto no tengo una respuesta pero sí sé que las comidas de Jesús son una realidad que, aún hoy, nos desafían.