Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Atado con alambre

Andrés Merino
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Andrés Merino

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Por Andrés Merino
Fumarse a Mujica, a Topolansky y demás asociados guerrilleros jubilados es perjudicial para la salud. Estoy en sus antípodas. Sin embargo, debo admitir que estuvieron acertados al abandonar sus pretensiones de lucha armada y reciclarse en partidos políticos. En el caso de los Tupamaros fue tan providencial esa decisión que llegaron a tener un Presidente de la República, diputados, senadores, ministros y la mar en coche. Hasta, en opinión de varios militares que conozco, el Ministro de Defensa más aceptado por las Fuerzas Armadas fue el propio Eleuterio Fernández Huidobro. Esa decisión tupamara sin dudas acompañó a aquel “Cambio en Paz” que supieron impulsar Sanguinetti, Wilson, Seregni y tantos más.
El resultado fue bastante bueno. Se salió pacíficamente de la dictadura y se recuperaron ágilmente las libertades ciudadanas.
Fue un modelo que nos enorgulleció a nivel internacional.
Sin embargo, algunas cosas se ataron con alambre y esos parches hacen que cada tanto las estructuras de nuestra comunidad crujan. Este país amnistió generosamente a quienes habían atentado violentamente contra una sociedad democrática que era ejemplo mundial y fue así que los protagonistas y satélites de los más variados grupos guerrilleros fueron perdonados y resarcidos económicamente en forma profusa. Con ello los políticos de buena fe creyeron que bastaría. Evidentemente no habían leído con mínima atención los ejemplos históricos que en estos casos demandan amnistías y perdones amplios, generosos y bilaterales. Dije bilaterales.
Y parecería que no se percataban que trataban con el Comunismo y sus aliados.
Lo cierto es que las Fuerzas Armadas y policiales quedaron por fuera de esa medida legislativa y fue necesario salir a apagar incendios posteriores redactando y negociando la Ley de la Caducidad de la Pretención Punitiva del Estado, desconocida por la Izquierda y afines; y hubo que llamar a un plebiscito en el cual la ciudadanía la confirmó como forma de pacificar definitivamente al país. También esto desconocieron la Izquierda y sus socios.
No se aplicó aquello de que “más vale ponerse verde una vez que colorado todos los días”, y lo que no se supo solucionar de cuajo en su momento hasta nuestros días trae coletazos.
Aclaremos algo: en este país hubo excesos y barbaridades de ambos bandos. Así son las guerras; pero no es poca cosa que seamos honestos a la hora de identificar a los originarios agresores. Es comprensible la herida no cerrada de familiares de desaparecidos, como lo es la de familiares de militares, policías y civiles también torturados y asesinados en su momento; con un agravante: jamás el Estado destinó un peso para compensar a sus generalmente humildes deudos.
Hoy, la oportuna aparición de restos en una unidad militar, aunque dolorosa, trae cierta compensación a quienes buscan a sus desaparecidos, y al Frente Amplio aporta nuevos vientos a la bandera política con la que han sabido explotar políticamente esa tragedia. La coalición que venía de capa caída sin dudas encuentra un factor emocional de unión.
“Nunca más Terrorismo de Estado” , se repite el slogan hasta el cansancio, y con penosa genuflexión, temerosos de perder votos (tranquilos que diciendo las cosas por su nombre a la larga es más sano que eso), los presidenciables opositores acompañan sin querer esa letanía: “Nunca más Terrorismo de Estado” levantan la voz los frentistas hasta ayer desalentados por los yerros cometidos en los últimos quince años.
¿No habrá alguno de los candidatos opositores que levante un poco la cabeza en la manada y se plante en un firme “Nunca más Terrorismo,…venga de donde venga?”