Martes 12 de noviembre, 2019
  • 8 am

Don Armando Barbieri

Leonardo Vinci
Por

Leonardo Vinci

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Por Leonardo Vinci.
Se denomina liturgia a la forma con que se llevan a cabo las ceremonias de una Institución, es decir, al conjunto de actos que forman parte de su culto.
Y precisamente, es de la liturgia colorada, la fuente de donde mana toda su fuerza.
Por esa razón, todos los siete de setiembre recordamos la partida de un gran ciudadano.
Armando Barbieri había obtenido el título de Arquitecto en la Facultad, y el de “Don” en las calles.
El pueblo lo había ungido con ese vocablo como una expresión de respeto y cariño.
La adhesión ciudadana a sus exitosas candidaturas hablan por sí solas acerca del respaldo popular logrado en su larga trayectoria política: Diputado Departamental, Director del Banco Hipotecario, Senador de la República, Presidente de la Asamblea General, Presidente del Concejo Departamental e Intendente de Salto.
Sus formidables realizaciones la disfrutamos en nuestros días, al tiempo que admiramos su visión arquitectónica del futuro.
La conducta digna con la que se distinguió en los años oscuros de la dictadura de Terra, como prisionero en la infame Isla de Flores, es un timbre de honor que nos enorgullece a sus seguidores.
Precisamente, de aquellos tan difíciles, la tradición oral ha mantenido vivas numerosas anécdotas.
Una de ellas cuenta que fue una fría mañana cuando los esbirros del tirano embarcaron en la capital del País a los presos políticos en un pesado lanchón y se hicieron a la mar llevándolos a la prisión en la Isla del Plata frente a Montevideo, que anteriormente había sido utilizada como Lazareto, y en aquel entonces se encontraba ruinosa.
Llegados a la rocosa superficie, se ordenó que formaran una fila.
El sargento de guardia preguntó con voz cuartelera a su subalterno ¿Están todos?
La respuesta vino de uno de los prisioneros,- Don Armando Barbieri,- quien en tono desafiante le espetó: No! Falta Grauert! en clara referencia a uno de los mártires de esa generación, muerto engangrenado en un calabozo en la capital de Lavalleja, tras haber sido baleado por un retén policial.
Su amor por los estudiantes ha quedado plasmado tanto en la Escuela Industrial, en el Liceo nocturno,- su creación,- donde dictaba clases gratuitamente, o en la Universidad, realización con la que siempe soñó.
A fines de 1962, reunido ante un grupo de correligionarios, festejando la victoria que le devolvió el gobierno de Salto al Partido Colorado, dijo a manera de despedida: “Este es el triunfo de la elección, pero el más grande de todos los triunfos será cuando al finalizar el período recibamos el aplauso popular. Y si ese aplauso es unánime, entonces sí, podremos decir que hemos triunfado. Puedo decir una vez más, tengo el alto honor de haber sido elegido por mi pueblo para gobernar a mi pueblo con mis compañeros. No podia haber honor más insigne. Y ahora, a demostrar con obras lo que no dicen las palabras! Hasta siempre!
Los batllistas de Salto somos muy afortunados.
Nuestra historia fue escrita por los hombres más importantes de la política y la sociedad, hacedores de la ciudad y el Departamento. Sin duda, Barbieri fue uno de ellos.
Es ante su tumba donde los colorados nos encontramos, nos hermanamos y como los jóvenes griegos, la visitamos en búsqueda de inspiración.