Viernes 15 de noviembre, 2019
  • 8 am

Sospechados lavadores

Andrés Merino
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Andrés Merino

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Por Andrés Merino
Ante las recurrentes turbulencias argentinas, nuestro país ha sido tradicionalmente un refugio en muchos aspectos para nuestros vecinos. Cuando ha habido persecuciones políticas, como en la época de la primera y segunda presidencia de Perón, muchos cruzaron el charco y esperaron a que amainara la tormenta en este pedacito de otrora país modelo. Ni qué hablar de sismos financieros, durante los cuales nuestra plaza bancaria brindaba a pocos kilómetros de una Argentina en llamas la necesaria tranquilidad de dónde poner a salvo los dineros familiares, comerciales e industriales. Esas divisas que entraban al Uruguay no sólo permanecían en los bancos a buen recaudo, sino que fueron sin lugar a dudas el combustible que hizo funcionar las inversiones inmobiliarias que cambiarían nuestras costas y más allá, trayendo trabajo y prosperidad a muchos.
Nadie puede negar que, por ejemplo, Punta del Este se desarrolló gracias a la inversión Argentina. Sin muchas preguntas acerca del origen de los fondos, ese enclave poco tiene que ver con el paisaje deprimido de gran parte de nuestro país. Lo cierto es que varias generaciones de muchos uruguayos (incluído el Estado) se han beneficiado y han vivido del movimiento que provoca la llegada de capitales de la vecina orilla.
Reitero: eran tiempos de pocas preguntas y ningún inversor estaba obligado a rendir cuentas acerca del origen de sus fondos, a no ser que ello fuera requerido por la Justicia.
Hoy la Argentina, una vez más ha entrado en default, aunque se quiera maquillar el término. En mi escaso conocimiento de Economía, me queda claro que cuando se incumple con alguno o los tres de los siguientes parámetros, estamos sin dudas ante un Default liso y llano: 1) No devolver fondos depositados por ahorristas es Default. 2) Modificar las tasas unilateralmente de las colocaciones es Default. Y 3) Modificar los plazos de devolución de los fondos es un soberano Default.
Así entonces están las cosas ahora en la Argentina, y lógicamente el incendio se propaga vorazmente: inflación, camino a una “hiper”, retiro de fondos de instituciones financieras, “pasarse” al dólar como medida de defensa propia del ciudadano común, cero inversiones, y otras linduras coronan los aciagos días que le tocan timonear hoy a Macri, mañana a los K nuevamente y pasado a quién sabe.
A causa de la devaluación argentina, la próxima temporada veraniega en nuestro país pinta raquítica, y a la ausencia de turistas comunes, se suman las restricciones aplicadas al ingreso de capitales argentinos en estampida.
Quiero ser cuidadoso con lo que expreso en negro sobre blanco, no sea que se me acuse de apología del delito, pero la verdad es que en los últimos años nuestro gobierno, en forma genuflexa ante no sé bien quién, ha firmado con liviandad todo tipo de tratados y chismes que complican el movimiento de dinero a los comunes mortales.
El gran lavado de dinero internacional no pasa por ciudadanos argentinos que tratan de salvar sus ahorros y pretenden traerlos a nuestro país en el que no vemos un mango ni en el cine. La otrora libre circulación de divisas está prohibida, y los viajeros y habitantes hoy, gracias a que estamos sobrerregulados, sufren la inversión de la carga de la prueba: son sospechados de lavadores de dinero a priori, y deben explicar el origen de fondos propios que pretenden mover, en este caso para salvarlos de una nueva quema en la Argentina.
No me pasó desapercibido el episodio ocurrido hace pocos días en que se le decomisaron U$S 100.000 a un ciudadano argentino que quiso atravesar la frontera con ellos. Un perro adiestrado levantó la perdiz y bolearon al viajero en cuestión. Claro, mientras tanto los canes en el puerto debieron estar resfriados cuando se embarcaron olímpicamente toneladas de cocaína con destino a Europa.
Son disonancias de una política errática y a mi gusto persecutoria en materia de movimiento de dinero.
Ya sin hablar de los argentinos, en nuestro país hay casi tres millones y medio de lavadores de divisas sospechados, que tienen topeados envíos y retiros de dinero por orden del Gran Bonete que exige una explicación por escrito al Banco Central (en el mejor de los casos) de sus encubiertas pretensiones.
Tampoco los sospechados lavadores orientales pueden comprar un vehículo con valor U$S 5001 en adelante con dinero contante y sonante. Y deben recurrir, escribanos mediante (felices por el aumento de trabajo) a hacer malabarismos para hacerse con el rodado en cuestión.
Vamos, no seamos ingenuos: reitero que el gran lavado y delitos financieros conexos no lo llevan a cabo ni Doña María ni Don José, ni el turista, ni el argentino que lógicamente quiere salvar su dinero.
Si olvidamos que ese flujo de capitales nos ha dado de comer durante décadas, rayamos en la hipocresía.