Lunes 21 de octubre, 2019
  • 8 am

Bullying y mala leche

Andrés Merino
Por

Andrés Merino

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Por Andrés Merino
Cuando somos niños, somos crueles. Infantilmente crueles. En la escuela actuamos en forma tremenda con animalitos que tengan la mala suerte de cruzar su camino con el nuestro: los torturamos, destripamos para saber cómo son por dentro, y demás cándidas acciones que hacemos llevados por curiosidad, más impulsos de los que no se sabe bien el origen. Con los compañeros solemos repetir esas acciones relativamente cotidianas, no lastimándonos tan drásticamente, pero sí hiriéndonos por dentro que eso sí duele.
Suele suceder que ese comportamiento se extienda a nuestro paso por Secundaria donde llega a una especie de pico. En la Universidad o lo que sea, años más tarde, el accionar se “civiliza” un poco y aquello que practicábamos como bullying lo transformamos en discriminación.
Mas volviendo a la escuela y al liceo en particular, esa violencia innata se organiza: se forman grupetes de “vivos” que arruinan la existencia a aquellos compañeros que consideran no tan linces como ellos.
La vida enseña que con el correr de los años los “nabos” (con el permiso de Mujica), los respetuosos, los que estudian, salen adelante y los “vivos” muchas veces terminan siendo unos desgraciados buenos para nada o poblando las cárceles.
Si estos comportamientos siempre estuvieron presentes, es una realidad grande como una casa que hoy, en el seno de una sociedad diezmada por la pérdida de valores elementales, son moneda corriente con el agravante de presentar aristas más violentas.
Días pasados un niño ya en el umbral de la adolescencia, cansado de ser el cartón ligador de unos pichones de delincuentes que le hacen la vida imposible en la UTU, cansado de su violencia verbal y física, cansado de pedir ayuda a quienes son responsables del centro de estudios (y no obtenerla), decidió recurrir a un formidable medio de defensa que nuestros tiempos le brindan: grabó un video con su queja el cual su madre, al tanto de la situación y tan impotente como él, subió a las redes. Se viralizó, y el país entero ha discutido el tema aportando las más variadas opiniones.
Fue valiente Fausto (así se llama el chico), fue comprensible su madre, y fue positivo para todos que esta cotidiana miseria saliera a la luz.
Contrariamente al mamarracho de comunicado emitido por el órgano educativo responsable, que arteramente descarga culpas en la madre por la “sobreexposición” a la que somete a su hijo, el hecho de que los uruguayos nos miremos un poco en el espejo y veamos adónde hemos conducido a la Educación en nuestro país, viene muy bien.
De entre los educadores que sugirieron que Fausto se vaya para su casa a la espera de que pasara la tormenta, de entre los mismos que no tenían ni tiempo ni ojos para ver lo que sucedía delante de sus narices, aparece una fanática política, con muy mala leche, que reprocha a la madre de Fausto, hurga en sus preferencias partidarias y la denuncia como si el militar para determinado sector de la oposición fuese algo desdoroso.
Confieso que estuve días buscando ese video de las referidas declaraciones oportunamente difundido, y curiosamente he fracasado en el intento. Aparentemente desapareció de las redes.
Hasta el más energúmeno de los sindicalistas docentes de este país no podría suscribir tal barbaridad.
Lo cierto es que todo lo acontecido, y que sucede a tantos, ha desnudado el punto de putrefacción en que se encuentra la rama educativa y social en la que estamos parados. La prédica del resentimiento, del no trabajo, del no estudio, de la confrontación de uruguayos entre sí está dando sus frutos.
Resuena en mis oídos, como una burla macabra aquello de “Educación, Educación, Educación”