Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

La archicofradía

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por Padre Martín
Ponce de León.
En oportunidades, medio en broma y mucho en serio, me he encontrado con integrantes de la “Archicofradía de la Gata Flora”
Tal vez, para alguno, yo pueda resultar un integrante de la misma.
Siempre encontramos seres que hacen de su vida una prolongada queja.
Alcanza con mirar nuestras posturas sobre el clima para poder ejemplarizar a los integrantes de esta archicofradía.
Son esos seres que, durante el invierno, se quejan por el frío que hace y durante el verano se quejan por el calor imperante.
Son esos seres que reconocen el buen día pero se quejan por los fríos de la noche o de la mañana.
Son esos seres que aceptan la necesidad de un poco de lluvia pero luego se quejan porque llovió demasiado o porque llovió muy poco.
Nunca están conformes y siempre encuentran razones para esbozar una queja.
Nunca son capaces de disfrutar el ahora puesto siempre encuentran motivos para quejarse puesto esperaban algo distinto.
Creo que si Dios les consultase e hiciese sus gustos tampoco quedarían conformes puesto que, parecería, jamás se puede realizar todo a su conformidad.
Los integrantes de tal archicofradía son los eternos disconformes. Pero, también, seres con los que no se puede contar con ellos porque nunca están disponibles para realizar algo o para llevar adelante alguna responsabilidad.
Porque los demás no les apoyan.
Porque los demás no colaboran como deberían.
Porque los demás no secundan su propuesta.
Entonces, es más cómodo ubicarse en el lugar de espectadores que de realizadores.
Son seres que tienen muy en claro la teoría del deber ser que la puesta en práctica de lo que se puede hacer.
Como espectadores miran y cuestionan. Miran y critican. Miran y censuran.
Para ellos lo que los demás hacen siempre deja sabor a imperfecto o a poco.
De sus labios jamás habrá de surgir una voz de aliento puesto que el deber ser pesa mucho más que lo posible y lo hacen saber.
Sucede en todos los ámbitos de nuestra realidad. Siempre encontramos integrantes de tal archicofradía y se encargan de hacer saber pertenecen a la misma.
Pasan por la vida con el sabor amargo de la inconformidad pero nunca asumen que se privan de muchas razones de disfrute con el solo cambio de su actitud.
Sin duda disfrutarían de la vida si pudiesen quedarse con la realidad y no con las ausencias que en la misma se pueden encontrar.
Si alguien se anima a hablar no se quedan en ello sino en lo que faltó decir o en lo mucho que habló.
Si alguien comparte algo no se limitan a ello sino que buscan, la importancia de lo que se omitió o lo que se debería haber dicho.
Siempre hay seres que viven en una constante queja y no se dan cuenta que esa actitud solamente hacen que se les deje de lado o no se preste atención a lo que dicen.
Sus quejas no son producto de un análisis cierto sino producto de la necesidad de manifestar su constante estar disconformes.
A medida van viviendo en esa disconformidad constante no hacen otra cosa que crecer encerrándose en ellos mismos y sus posiciones.
Viven en un constante estar a la defensiva.
Jamás tienen el corazón abierto para recibir al otro y respetarle o aceptarle.
Todo su actuar se va centrando en sí mismo y va perdiendo lo principal del ser persona que es estar en relación con los demás.
La inmensa mayoría de los integrantes de esta archicofradía son seres aislados y amargados porque nunca satisfechos con lo que les toca vivir.
La culpa es, siempre, de los demás y ¿nunca de ellos?