Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Ejercicio de paciencia

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Sé que la paciencia no es una de mis características personales.
Más o menos siempre me ha costado su ejercicio.
Pero Dios ha querido irrumpiese en mi vida para hacer un constante ejercicio de paciencia.
Si está con unos tragos de más ese ejercicio se torna un algo duplicado puesto que insistente en su monótona perorata.
Para colmo hay que mirarle cuando habla puesto que de lo contrario lo suyo se hace un constante pronunciar mi nombre para que le mire y pueda reiterar lo que hace un rato ha dicho.
En media hora puede llegar a decir las mismas cosas más de una docena de veces.
Son las veces que me realiza las mismas preguntas o dice el mismo comentario.
“¿Por qué me aguantás todas mis estupideces?”
“¿Por qué no me echás a la m…..?”
“¿Vos sabías que estuve preso?”
“Si no fuese por vos yo ya estaba preso o muerto”
“Vos me rescataste de la calle”
“Te quiero mucho”
“¿Por qué sos tan bueno conmigo?”
“Vos nunca me discriminaste”
Podrá cambiar el orden de las preguntas o los comentarios.
Nunca olvida ninguno de los ítems de esa su conversación.
Un día, otro día y siempre lo mismo reiterándose interminablemente.
Si está muy tomado sus palabras son pocas y su estado calamitoso.
Si está fresco prácticamente no habla.
Lo difícil de soportar son esos días donde está con unos cuantos tragos de más pero sin los suficientes como para tambalearse.
Allí tolerarle requiere de un importante ejercicio de paciencia.
Allí tolerarle implica una prolongada lucha entre dejarlo solo o continuar escuchándole.
Hace muy poco una persona me decía que sentía que él me hablaba.
Si hubiese escuchado la monótona letanía de su conversación, sin duda, habría esbozado su dulce sonrisa.
En muy poco tiempo se reitera incansablemente y es muy fácil llegar a aprender la lista de sus preguntas o los comentarios que suele realizar.
No es fácil salir de tal ejercicio sin una sensación de agobio o sobrepasado por tal monotonía en su hablar.
No ha de resultar sencillo sacar una buena nota en tal ejercicio de paciencia puesto que se requiere de mucha más paciencia de la que puedo tener apelando a todas mis reservas interiores.
Antes se nos decía que situaciones por el estilo no eran otra cosa que pruebas que Dios nos ponía. Como si Dios necesitase ponernos a prueba.
Nos conoce totalmente y mejor que nosotros mismos y, por ello, no necesita de pruebas.
Nos pone en situaciones como las narradas para que nos mostremos a nosotros mismos si hemos aprendido que siempre es madurar.
Ya sabemos a lo que habremos de enfrentarnos y, por lo tanto, lo que deberemos realizar.
Pero, no hay caso, nunca llegamos a aprender suficientemente puesto que olvidamos deberemos apelar a toda nuestra capacidad de paciencia aunque la misma resulte insuficiente.
En lugar de retirarnos por un instante y volver a renovar nuestra paciencia nos quedamos y nuestro interior se llena de intolerancia.
Es un ejercicio interminable de paciencia hasta que nos mostremos hemos aprendido a aceptarle en sus divagues.