Martes 19 de noviembre, 2019
  • 8 am

Pobre claraboya

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Sin lugar a dudas la Iglesia católica pasa por un duro momento.
A raíz de diversas circunstancias ha ido perdiendo credibilidad y peso moral.
Pero, lo más trágico, es que (según mi muy pobre visión) ha perdido unidad.
Hoy gracias a los medios de comunicación las noticias corren con tanta prisa que uno tiene la sensación de que llegará un momento en que habrán cosas que se informarán antes de que sucedan. Todo informa sobre todo al momento.
Por eso es que lo que sucede dentro de la Iglesia se publicita a los cuatro vientos.
La Iglesia es una realidad que posee una inmensa claraboya con muchos años de antigüedad.
Allí se pueden ver situaciones nefastas junto a virtudes maravillosas.
Es una realidad santa integrada por pecadores.
Pretender encontrar únicamente virtudes es, sin duda, una utopía impropia de la realidad.
Pretender encontrar únicamente miserias es, sin duda, una mirada ajena a la realidad.
No creo que la pérdida de unidad responda a la situación actual únicamente.
Se buscó conservar la unidad desde “la gran disciplina” donde todo se hacía desde imposiciones y disposiciones que pretendían imponer la unidad.
La unidad no es, jamás, resultado de imposiciones sino que es fruto de constantes búsquedas y de opciones.
La unidad no pasa por la uniformidad sino que se construye desde la aceptación respetuosa de la diversidad.
Para la Iglesia la única fuente de unidad debe ser, siempre, la verdad de Jesús.
A esta verdad jamás podemos llegar con posturas fundamentalistas.
Hoy, es indudable, existen, dentro de la Iglesia, grupos y personas fundamentalistas.
Esta realidad no puede, por más que lo sostengan, apoyarse en el Jesús de los relatos evangélicos que ha sido un alguien completamente alejado de cualquier tipo de fundamentalismo. Jesús fue un alguien muy respetuoso de la persona del otro.
En oportunidades se me ocurre pensar que lo que debió vivir Francisco de Asís hoy algunos cristianos se lo harían vivir a Jesús.
Francisco fundó una orden religiosa de la que fue expulsado por no tener el espíritu de la orden que había fundado. A Jesús, algunos cristianos, lo expulsarían de la Iglesia por no tener espíritu de buen católico.
El fundamentalismo lleva a una radical cerrazón del corazón. Ninguna verdad, distinta a la que se cree puede ser verdad. Nada que se aparte de lo que se sostiene puede ser correcto.
El deber ser pasa a ser más importante que cualquier proceso de búsqueda personal.
Hoy en día el Papa Francisco promueve el diálogo y la búsqueda. No promueve la imposición y el encerramiento. Entiende que es un tiempo de apertura y convivencia.
No se planta como el poseedor de la única verdad que debe imponerse.
Al mundo le falta Dios y, entonces, busquemos aminos que nos ayuden a abrir los corazones a lo trascendente.
Para algunos fundamentalistas esto es un error puesto que si ya se tiene a Dios no hay nada para buscar sino mucho para imponer.
Es evidente que en ese proceso de búsqueda hay tornillos de los sillones que comienzan a rechinar y se teme perder el poder adquirido o el poder que se sueña alcanzar.
Entonces surgen las piedras contra la claraboya.
Piedras con los más diversos argumentos y con tintes de amor a la Iglesia.
Por el bien de la Iglesia me dedico a tirar piedras contra la claraboya fomentando la desunión y la confusión.
Con el paso de la historia la Iglesia supo saber que siempre recibiría piedras desde el exterior y supo convivir con ello.
Las piedras desde el interior dañan porque producen caos, desconcierto y desunión.
Es allí donde surge la necesidad, como cristianos católicos, de no dejarnos influir por las voces que nos pueden llegar y aferrarnos a un Jesús que nunca nos falla y siempre reclama unidad.