Martes 7 de julio, 2020
  • 8 am

Pantalones largos

Néstor Albisu
Por

Néstor Albisu

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Diario

Por Néstor Albisu
Hace unas semanas te contaba nuestra niñez-adolescencia de pantalones cortos. Antes de los 15 años condenados a lucir nuestras peludas piernas por los odiados cortos.
Al cumplir 15 recibíamos nuestros primeros largos, con vergüenza y orgullo después.
Es que junto a esos ansiados pantalones, prueba de nuestra entrada a la adolescencia, había dos premios extras: 1) Las llaves de la casa. 2) El permiso para nuestro “debut sexual”.
Quedó del anterior Divague sobre el tema, colgados los premios extras.
Las llaves de casa.
Era más simbólico que otra cosa. Hace 50 años, no se cerraban las puertas de la casa con llave. Poseerlas representaba el permiso para venir después de las 9 de la noche a casa; no más allá de las 12, salvo casos excepcionales y con permiso.
Los muchachos de ahora se preguntarán: ¿Qué podían hacer antes de la medianoche? Cuento algunas para que entiendas. A) Sesión nocturna de los cines que terminaban 11 y 30. B) Ver básquet de mayores que terminaban a las 11hs. C) Dar una vuelta por calle Uruguay los domingos y disfrutar de la Vía Blanca (algún día vuelvo a contarte). D) Arrimarnos a alguna kermese escolar sobre todo de la Inmaculada (escuela y Liceo de niñas). E) Estirar la charla en el Sorocabana o la Oriental. F) Llegar a ver el inicio del “Monte” u otras timbas en esta última.
¿Y qué me contás? Aunque creo que me quedo corto, solo te muestro lo que representaba ese permiso. Aunque pensándolo bien, tendría que explicar que es permiso. Pero eso corresponde a tus viejos…
Debut sexual
En nuestra época se consideraba que la edad inicial para el contacto sexual de los jóvenes (varones, por supuesto) eran los 15 años. De las niñas no se hablaba y para algunos padres debería ser después de los 35 años, por lo menos.
Para ese inicio se acostumbraba entonces usar los llamados quilombos, prostíbulos, casa de las locas u otros nombres. Era eso que las señoras preferían hacer creer que ignoraban. Pero llegado su hijo a la edad referida, generalmente encargaban a algún tío mayor, primo, amigo, etc. Uds. preguntarán: ¿Y el padre? No se lo digan a la madre que se santiguaría y pondría su grito en el cielo. No fuera cosa que el papanatas (diminutivo “cariñoso” usado entonces refiriéndose al marido), se avivara y ante la exposición de tantas niñas de mala reputación (decían otro nombre), entrara el “papanatas” en la mala senda.
El hecho es que encontrado quien haría de conductor del nuevo hombre (sí, hombre, porque tenía ya pantalones largos), se le daba el dinero para pagar los servicios de la prostituta que lo iniciaría y generalmente la madre quedaba prendiendo velas para conseguir protección divina para su hijo que iniciaría tan arriesgada aventura. Los ruegos eran dirigidos para que a su hijo le agradara, demostrando ser hombre; pero no tanto como para ponerse adicto y convertirse en un perdido “quilombero” como el tío abuelo Tico.
En caso de haber andado bien la experiencia, ese niño convertido en hombre por el milagro de unos pantalones largos y una visita “non santa”, tomaría su revancha sobre aquellos “menores” que aún llevaban los cortos. Y a ellos repetiría leyendas que había escuchado. Leyendas en que como en cuento de hadas el generalmente sórdido ambiente del prostíbulo (que “jedía” a portalina) se convertía en soñado castillo. Y las generalmente desdentadas y veteranas encargadas del “desvirgue” de los jóvenes recién iniciados, se transformaban en su relato en Brigitte o la Coca Sarli, para envidia de los escuchas embelesados del recién recibido de hombre.
Pero no era fácil. Porque el cambiar el largo de los pantalones no nos hacía crecer de golpe. Algún día, capaz, me animo y abundaré en detalles de ese hecho inolvidable.