Sábado 14 de diciembre, 2019
  • 8 am

Crónica de una inesperada conversación telefónica con el presidente electo del Uruguay, Luis Lacalle Pou

Diario

Por Pablo Zanochi
A eso de las 10 de la noche de ayer encontré el teléfono y tenía dos llamadas perdidas de él y un mensaje que decía “te llamé”. No lo podía creer.
Tras publicar ayer de tarde la nota sobre quien creo es el primer presidente de una nación que es verdaderamente surfista en la historia de la humanidad, el uruguayo Luis Lacalle Pou, intenté una jugada al aire, de obtener una entrevista con él.
Mandé un mensaje de WhatsApp al número que un amigo me había pasado. Tenía muchas esperanzas, pero pocas certezas, hay 8.500 periodistas pidiendo para hablar con él, la gente lo quiere ver, abrazar y besar. Tiene familia, tiene amigos, tiene responsabilidades internacionales, nacionales, un gabinete de ministros por definir, entre otra millonada de cosas. ¿Qué chance tenía yo, responsable de un pequeño sitio de surf en todo esto? Ninguna.
¿Ninguna? Serían las 10 de la noche y después de ir al living a bromear con mi hijo mayor de una cosa, hacer macacadas con el más chico y hablar con mi esposa de otras, volví a mi escritorio, miré el celular y tenía una llamada de WhatsApp perdida y otra de teléfono, y en mi bandeja de la red de mensajería un recado me decía: “Te llamé”, desde el número del presidente electo que todavía no había agendado. Miré y dudé varias veces… “¿Este es Lacalle Pou o alguien me está jodiendo?”, me dije. Y de hecho, respondí un muy poco diplomático: “¿Es joda?”…
Pero fui un poco más inocentemente incisivo y decidí marcar el número. No estaba mal, ¿no? Me llamó él a mí y me mandó un mensaje, y yo simplemente respondí.
CONVERSACIONES
Al atender, no hubo protocolo alguno de por medio, de una me dijo: “Acá estábamos discutiendo si DUKE es un medio uruguayo o no, porque algunos me dicen que no es de Uruguay”, me dijo quien claramente sonaba como el presidente electo. Yo en realidad me preguntaba a mí mismo si efectivamente él conocería a DUKE, parecía que sí. Le expliqué que sí, y me saqué chapa, DUKE que es leído en todo el mundo hispanohablante, nació, se creó y se hace desde Uruguay con un uruguayo al frente. Y en el medio de una noche normal de jueves en familia, conversé con el presidente electo. Le pregunté qué estaba haciendo hablando conmigo y explicó que encontró un hueco para ir a un asado con sus amigos surfistas, se justificó diciendo que él es una persona normal y llama a gente normal sin muchas vueltas.
Se enorgulleció del hecho de que finalmente tuvo alguna foto buena de surfing publicada en un medio surfer (es algo que siempre acaricia el ego surfer). Elogié la derecha que se estaba llevando, buen tubo, bien colocado, y le hablé ya en tono surfer: “Agarraste buenazo ese día”. Me dijo que sí, “fue en Las Flores”. Para que Las Flores, que siempre es una ola más simpática se ponga así, tiene que haber entrado un swellazo. “Pensé que era Punta Mango”, dije, y me corrigió que no, que se trataba de Las Flores.
Luego contó que la foto de la izquierda era en Popoyo, en Nicaragua, un día que se ve perfectísimo. Según me han dicho, el país centroamericano es uno de los destinos a los que más viaja a surfear.
La conversación se transformó en un ida y vuelta de amigos de surf, como si hablara con el Sapo, Carle, Lilo, Capi, Felipe… Etcétera. De las olas del otro día, de lo que nos perdimos, de tubos, de golpes, de marejadas, etcétera. Un surfer, con todas las acepciones de la palabra
Me dio la impresión de que está fisurado (término uruguayo para decir que tiene muchas ganas de ir a surfear), de que le preocupa que la gente lo critique si va para el agua siendo presidente, y eso me dio pena (lo había dicho en una entrevista con un programa radial).
Una persona es mejor después de ir al agua y si quien lidera un país va a estar mejor con agua salada en el cuerpo, la nación entera también lo estará. El reconocido empresario Yvon Chouinard dice en su libro: “Dejen que mi gente vaya a surfear”, yo digo: “Dejen que mi presidente vaya a surfear”. Finalmente busqué mi objetivo, que me dé una nota, un mano a mano: “Me imagino que no tenés un segundo para hablar de surfing con un pequeño medio como el mío”, me dijo que sí pero extendió el horizonte muy a futuro. Y ahí me puse pretensioso e insistí que estaría bueno que sea ahora, cuando su elección está en el tapete.
Me pidió un segundo para mirar su agenda en el teléfono, esperé paciente, expectante y confiado, y me dijo: “El lunes a las seis, me reúno con el presidente y después te atiendo a ti, nos vemos en la sede”. Me quedé perplejo, aunque eso es poco para describir mi estado. Me reí ya un poco nervioso, como pensando que está loco, va a recibirme a mí el mismo día que tiene una reunión tan importante, la que comienza la transición de un mando al otro.
Y después me quedé pensando que la única explicación para todo esto es que al presidente electo le tiene que gustar mucho hablar de surf, demasiado, y tiene derecho a hacerlo.
UN PRESIDENTE AMANTE DEL SURF
No se sabe a ciencia cierta si se trata del primer presidente de una nación que verdaderamente surfea; se sabe que Obama ha practicado bodysurf, por ejemplo, pero no se tiene registro de que otro primer mandatario de otro país sea, como lo es Lacalle Pou, un fisurado por las olas que pasó en el agua salada buena parte de su vida. Ya más grande, recorrió el mundo con la tabla abajo del brazo; cuando se recibió de abogado, en marzo del 98, para celebrar se fue de viaje a Hawái, California y Costa Rica.
En la meca, dijo al programa Todo Pasa, fue donde surfeó las olas más peligrosas de su vida: “Agarré la cola de El Niño y aparte fui solo (…) Más que porrazos (golpes) pasé apretado (asustado) adentro del agua, estaba grande, solo, hay mucho localismo, no te podés equivocar dónde estás ubicado, hay coral abajo”, contó al mencionado programa.