Sábado 15 de agosto, 2020
  • 8 am

Camino de Construcción

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Con el vértigo propio de todos los años nos acercamos a un nuevo fin de año.

Al llegar este tiempo, muchas de nuestras reuniones, se visten de cierre de actividades.

Antes de pasar a una evaluación, solemos mirar el venidero tiempo de adviento.

Tiempo de espera y esperanza donde nos preparamos para la celebración de Navidad.

Son muchas las situaciones vividas a lo largo de este tiempo que ha pasado como para no tomar conciencia plena de que necesitamos renovarnos en la esperanza.

Sin duda que la situación no es motivadora de nuestra esperanza sino que, con mucha fuerza, nos hace saber que la necesita.

Es en un contexto de desesperanza que renovamos nuestra esperanza.

Inmersos en ese tema surgió el planteo de uno de los asistentes a la reunión.

Las esperanzas de la gente son bien concretas y, se podría decir, se repiten año tras año. Esperan trabajo, una vivienda, una situación económica estable y a ninguna de esas esperanzas, que son muy justas, podemos darle respuesta. Es, entonces, que este tiempo me plantea el interrogante sobre cuál es la esa renovada esperanza que celebramos”.

El planteo no carecía de un realismo bien concreto y muy común para mucha de la gente de nuestros barrios pero…

Es tiempo de esperanza y no de soluciones.

Quizás resulte mucho más simple brindar soluciones, por más complejas que las mismas puedan resultar, que ayudar a renovar la esperanza.

Es ayudar a conservar intacta la capacidad de soñar.

Es no desanimarnos y mantener la fuerza para no bajar los brazos contagiando esa realidad a los demás.

Es reafirmarnos en la convicción de la fuerza transformadora de la solidaridad.

Es ayudarnos a detener nuestra mirada en las realidades positivas existentes en nuestro entorno y no detenernos tanto en todo eso que nos lleva a la desesperanza.

Las soluciones podrán llegar en la medida en que seamos capaces de renovar, conservar y acrecentar nuestra convicción en la esperanza.

No es una esperanza, por lo tanto, pasiva.

No esperamos mirando hacia arriba con la certeza de que las soluciones nos caerán de lo alto.

Porque creemos en “lo alto” mantenemos fija nuestra mirada en los demás.

No somos ni el mayor ni el más complejo de los problemas. No somos quienes necesitan la más urgente de las soluciones.

Uno de los aspectos más difíciles de nuestra esperanza es la convicción de que poseemos mucho para brindar y hay muchos que esperan de nosotros.

Por más difícil que nos pueda parecer nuestra situación siempre tenemos mucho para compartir con los demás.

El adviento es un tiempo donde nos preparamos para recibir la pequeñez y fragilidad de un niño recién nacido.

Esa es nuestra esperanza.

Una realidad pequeña y frágil como ese niño que deberá ser ayudado a crecer.

Una realidad que habrá de necesitar de tiempo para poder llegar a su plenitud.

Nuestra esperanza pone toda su confianza en una esperanza.

No esperamos soluciones a nuestros problemas sino que esperamos la capacidad de conservar intacta nuestra convicción en la esperanza.

Todo niño, al irrumpir en este mundo, llora.

Nuestra esperanza no está exenta del llanto.

Por esperar no estamos libres del dolor, de las dificultades y de las tensiones.

Es desde allí donde esperamos con la convicción y la certeza de que habrá de triunfar esa Buena Noticia, que es Dios con nosotros, en la medida que le conservemos vivo en nuestra vida.

Mientras tanto… mil veces nos habremos de encontrar en la necesidad de renovar la seguridad de que esperamos la esperanza.