Lunes 28 de septiembre, 2020
  • 8 am

Con los pies descalzos

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Diario

Transitó nuestra historia con los pies descalzos.

Para que nada le resulte indiferente o ajeno.

Sus pies se han ido curtiendo a fuerza de muchos pasos e incontables heridas.

Piedras puntiagudas fueron dejando cicatrices en las plantas de sus pies.

Algunas espinas se adentraron demorando sus pasos pero sin llegar a detenerle.

Desde sus pies descalzos podía saber de frío o de calor. Podía pisar las piedras quemantes de puro sol o los caminos gélidos de abundante baja temperatura.

Nada le detenía y constantemente estaba saliendo al encuentro de quien le necesitase.

Le resultaba imposible aceptar quedar en un lugar. Siempre de camino.

Sus pies descalzos siempre estaban tomando la iniciativa para recorrer senderos polvorientos o atajos plenos de dificultades.

De tanto andar parecería sus pies habían hecho de ello su misión.

Cansados se ponían en marcha y al poco tiempo sus pasos olvidaban su cansancio y tomaban el ritmo presuroso para que alguien le encontrase.

Siempre andando para que todos pudieran encontrarle.

Si sus pies se detenían era porque había encontrado a alguien que le necesitaba para animarse a volver al camino.

Eran muchos los que ya habían detenido sus pasos o ya no confiaba en ellos y se quedaban a la vera del camino y Él con una palabra o un gesto les hacía encontrar sentido para, nuevamente, andar.

Transitó nuestra historia con los pies descalzos para que nada le impidiese sentirla como propia por más que era la nuestra.

Así conoció de necesidades y soledades.

Así conoció de alegrías y sueños que ayudó a florecer.

Sus pies descalzos no le hicieron insensible o distante. Siempre se vistió de cercanía.

Cercanía para hacernos gustar el amor.

Cercanía para hacernos disfrutar su compañía.

Cercanía para obsequiar pequeños detalles desde su sonrisa brillante o desde su rostro teñido por el color de la felicidad.

Cercanía para brindar su mano generosa y desinteresada.

Sus pies le conducían a un abrazo sincero y cálido.

Sus pies le guiaban al encuentro reconfortante e inolvidable.

Cuando sus pies le pedían un necesario reposo con muy poco tiempo ya se reposaban para volver a su interminable andar.

Sus pies eran inagotables y sus días se prolongaban en muchas horas. Siempre algo más que lo entendible y lógico.

Jamás tenía en su rostro alguna señal de disgusto o de no tener tiempo. Sus pies eran su instrumento de acercamiento y de amor entregado.

Sus pies descalzos podían dejar de lado las distancias para que uno se sintiera “contigo”

Ese “contigo” que hace brotar una sonrisa.

Ese “contigo” que se pronuncia desde el corazón y no requiere de palabras.

Ese “contigo” se adorna de encajes blancos y mimos interminables.

Ese “contigo” que renueva y fortalece al amor.

Sus pies descalzos no le permiten encerrarse en ningún espacio sino que le dejan asomarse por cada resquicio de luz que uno pueda vislumbrar.

Sus pies descalzos le hacen descubrir razones para mantener los sueños a flor de piel y la risa en el corazón enloquecido de amor.

Navidad es encontrarse con Jesús y sus pies descalzos que invitan a caminar en una misma dirección.

Navidad es encontrarse con el amor de Dios que irrumpe en nuestra historia con los pies inquietos de puro andar.

Navidad es encontrarse con quien pide pan y recibe un beso.

Navidad es encontrarse con su amor que invita a andar.