Sábado 28 de marzo, 2020
  • 8 am

Un remedio sin sustancia

César Suárez
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César Suárez

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Diario

La industria farmacéutica nos sorprende cada día con el descubrimiento de nuevas drogas maravillosas que suelen sustituir o complementar algunas ya existentes.
Los visitadores médicos, representantes y promotores de las nuevas y viejas drogas que fabrica o representa la empresa que los emplea intentan convencer a cada médico de las virtudes del viejo o nuevo medicamento auxiliados con abundante papelería que luego casi nadie lee.
El mismo visitador médico que hace un tiempo destacaba las virtudes de un determinado medicamento, ahora que tiene que promocionar uno nuevo se ocupa de denostar el medicamento que ante elogiaba para resaltar la virtudes de nuevo que suele ser muchísimo más caro que el anterior.
Es así que el transcurso de la práctica médica vamos incorporando nuevas herramientas en procura de mejorar la respuesta terapéutica de nuestros pacientes y no raramente terminamos por volver al medicamento anterior cuando la ilusión mágica se agota por falta de la eficacia prometida.
De todos modos la medicina ha progresado a pasos agigantados basada en la tecnología que ha aportado herramientas especializadas que permiten cada vez diagnósticos más precisos y técnicas terapéuticas cada vez más sofisticadas a la vez que surgen nuevas drogas de eficacia y precisión creciente.
Pero la eficacia de cualquier tratamiento más allá de los progresos incesantes de la medicina, depende de la capacidad de respuesta de cada organismo y de la tolerancia a la estrategia aplicada.
Los organismos vivos y por consiguiente los seres humanos tenemos una “vocación” casi irrefrenable hacia la reparación de cualquier daño corporal en forma espontánea, condición imprescindible para que cualquier tratamiento tenga eficacia, si un hueso se rompe, si esperamos lo suficiente, se vuelve a pegar, si nos lastimamos la piel, con el tiempo se cicatriza, si adquirimos una infección, el organismo tiende a desalojarla y la cura se facilita cuando intentamos y logramos eliminar los obstáculos que se oponen a la curación.
Así de esta manera planteado, todo parece muy sencillo, pero resulta que antes de asumir cualquier acción es necesario establecer o aproximarse a un diagnóstico para determinar cuál es el obstáculo que hay que remover y ahí es donde comienza la dificultad, infinidad de datos que hay que interpretar y donde se hace necesario pensar pero con conocimiento y cuando se hace más complejo, intercambiar ideas, sumar inteligencias, integrar todas las herramientas, tomar una decisión que va impactar en salud del que confió su suerte al buen criterio del facultativo que eligió o le tocó.
La práctica demuestra que la aplicación de estrategias similares para problemas similares suelen dar resultados diferentes por lo que se hace necesario ajustar a la idiosincrasia de cada individuo e incluso, que siempre fue eficiente en un determinado paciente, en determinadas situaciones, pierde eficacia. La eficacia de una terapia no depende necesariamente del medicamento o de la técnica empleada sino de armonizar innumerables parámetros que suelen modificarse en forma continua, ambientales, dietéticos, idiosincráticos.
Uno de los obstáculos más complejos con los que el médico suele enfrentarse es que le paciente piensa y los factores emotivo suelen incidir en forma trascendente en cada caso donde los temores, la incertidumbre, el estrés, la angustia terminan por ponerle un condimento determinante a cada evento sanitario.
En estas circunstancias la diferencia la pone un remedio sin sustancia que resulta ser trascendente, la magia del binomio médico-paciente, donde la relación juega un papel fundamental y la confianza en el profesional es un insumo imprescindible que debe ser avalada por la dedicación, la responsabilidad, la experticia y el buen criterio.
La cercanía del médico al paciente suele ser un excelente medicamento, pero no solamente la cercanía física sino la cercanía emocional y el compromiso que el paciente debe percibir como en toda su dimensión para que forme parte del cóctel terapéutico y seguramente no habrá jamás ninguna droga que podrá sustituir el papel del equipo médico articulando herramientas para cada caso, para cada situación, para cada emoción, ya sea curando, aliviando, acompañando o todo junto a la vez.