Sábado 10 de abril, 2021
  • 8 am

Intimidades

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
La intimidad de cualquier persona es un derecho sagrado que nadie debiera violar, cada individuo tiene su forma de ser y de pensar y sólo cada uno tiene la decisión de revelar su pensamiento o guardárselo para siempre, cada individuo tiene el derecho de disponer de un espacio físico debidamente protegido para ejercer su intimidad y habitualmente ese espacio suele ser el hogar libre de miradas indiscretas de quienes quieran husmear a menos que cada individuo lo permita.
Es habitual que cada persona elija con quien compartir sus intimidades, pero por más compatibilidad que exista, siempre, cada individuo preserva para sí una porción de sus pensamientos.
Nadie expresa a los demás cada idea que transita por su cabeza, siempre termina por seleccionar una síntesis de lo que quiere compartir y esa escala hay quienes son excesivamente reservados y en el otro extremo hay quienes expresan a quienes los quieran escuchar la primera idea que le cruce por su pensamiento.
La capacidad de sedimentar el devenir de las ideas es una actitud de autodefensa sintetizada en un proverbio atribuido a Aristóteles que expresa que “el hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras” y otros proverbios más criollos que dice que en boca cerrada no entran moscas, el pez por la boca muere.
En algunas ocasiones, las circunstancias no son propicias para expresar una idea, un pensamiento, sobre todo a personas que son avasalladas por la soberbia de los que circunstancialmente tiene “la manija” pero nadie les puede impedir analizar la situación por más que no la puedan expresar y quedarse para sí con el juicio que le merece la actitud de quienes lo rodean “aunque no te lo pueda decir, no me puedes impedir que piense mal de ti “.
Pero por más reservado que cualquier persona sea, hay momentos que tiene la necesidad de trasmitir lo que le pasa porque un “entripado” hace daño cuando no se puede liberar y en ocasiones contribuyen a desencadenar enfermedades que suelen asentar en el órgano más sensible que cada uno tenga y por esa razón, el médico de confianza suele ser el receptor de esas angustias, de esos secretos existenciales y el médico debe preservar a través de la confidencialidad total y absoluta ese secreto como si jamás lo hubiese escuchado.
Ningún profesional vinculado a la salud, en cualquier nivel que sea jamás deberá revelar ningún dato de ningún paciente a menos que sea acordado con el mismo y todo lo que el profesional acceda a través de lo expresado o concluido a través del razonamiento clínico o a través de estudios diagnósticos, deberá quedar encriptado en el secreto profesional personal o del equipo asistencial.
Si bien todas estas conclusiones no merecen la más mínima duda y se corresponden con el sentido común, en Uruguay se ha legislado para proteger mediante la confidencialidad, la intimidad de cada paciente asistido a nivel individual o colectivo a través de la ley diecinueve mil doscientos ochenta y seis que expresa en su artículo veintiuno que el secreto profesional debe respetarse aun en la redacción de certificados médicos con carácter de documento público.
El médico tratante evitará revelar públicamente la patología concreta que aqueje a un paciente, así como las conductas diagnósticas y terapéuticas adoptadas. No es éticamente admisible que, exigiendo las instituciones públicas o privadas una conducta contraria, el médico ceda ante esta presión indebida.
El médico queda liberado de la responsabilidad del secreto solo si el paciente lo consiente explícitamente.
Para los que siempre hemos entendido el compromiso de la confidencialidad no necesitamos ley, sólo necesitamos recurrir al sentido común para cumplir con nuestro sagrado deber.