Miércoles 6 de julio, 2022
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Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
En este mundo de hoy nos debe resultar muy difícil vivir al “Dios de Jesús”
Jesús es, sin lugar a dudas, “sacramento del Padre Dios”
Muchas han sido las veces que nos hemos quedado en Jesús como fin en sí mismo y Él lo tenía muy claro y reiteradamente lo hizo saber.
Pero, la institución, prefirió tenerlo como fin en sí mismo puesto que ello era más provechoso.
El Dios de Jesús es un “Padre misericordioso y pleno de amor por cada uno de sus criaturas.
Un Padre misericordioso y tan involucrado con las realidades de los hombres que tremendamente cercano.
A ese Padre cercano nada de los hombres le resulta indiferente o ajeno.
Así nos lo muestra Jesús con su vida y con su forma de hablarnos de Dios en cada una de sus parábolas.
Generalmente veíamos a Jesús como una presencia cercana, mientras que al Padre Dios lo veíamos como lejano y rodeado de una cantidad de superlativos que lo hacían distinto a lo de Jesús.
Es evidente que esto nos debe llamar a la conversión puesto que todo nos está invitando a una fidelidad a Jesús cada vez mayor.
A medida la ciencia nos permite conocer un poco mejor a Jesús vamos descubriendo la necesidad de una fidelidad mayor a su propuesta y su vida.
Esto no quiere decir que lo anterior estaba mal o equivocado. No, nada que ver. Simplemente es acercarnos con más y más elementos a una mirada más fiel a lo de Jesús.
Creo que esta necesidad de conversión responde, mucho más y mejor, a la realidad del hombre actual. No porque tengamos y creamos en un Dios que se acomoda según las circunstancias.
La institución buscaba tener fieles obedientes y lo más dóciles posibles y ello lo ha vivido de muy diversas maneras y con mayor o menor fortaleza.
El Dios de Jesús es un alguien que fomenta y respeta nuestra libertad y búsqueda personal.
El Dios de Jesús es un alguien que no se limita a una presencia venerable dentro de los templos sino que vive, está y hay que encontrarle, como lo hacía Jesús, llegando al encuentro de quien lo necesitaba transitando los caminos. El Dios de Jesús es alguien que, fundamentalmente está a la intemperie.
El Dios de Jesús es un alguien que más que rituales busca y quiere la espontaneidad de los encuentros con los demás con su realidad y sus necesidades.
Es evidente que el Dios de Jesús es mucho más complicado de vivir que el Dios que durante mucho tiempo nos presentó y enseñó la institución.
Debo reconocer que durante mucho tiempo buscábamos en Dios la tranquilidad y la paz y ello nos otorgaba seguridades. Hoy, descubrir al Dios de Jesús es encontrarnos con alguien que nos regala una paz que nos deja inquietos.
Nos deja inquietos porque nunca plenamente conformes con lo hecho.
Nos deja inquietos porque a medida nos vamos comprometiendo con la realidad vamos descubriendo hay mucho más para hacer.
Nos deja inquietos porque debemos, muchas veces, postergar lo nuestro porque disponibles para con los demás.
Nos deja inquietos porque necesitados de brindar lo mejor de nosotros ya que ello es una forma de conectarnos con Dios y siempre podemos ser mejores.
Su inquietud, aunque parezca extraño, nos brinda la paz de hacer lo que debemos y sabernos útiles para con los demás.
La paz que nos brinda no es la de los brazos cruzados o las manos juntas en devota oración.
Es evidente que vivir al Dios de Jesús es mucho más comprometedor que lo que podemos estar acostumbrados a realizar hasta hoy.