Martes 5 de julio, 2022
  • 8 am

El monumento a la Madre

Leonardo Vinci
Por

Leonardo Vinci

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Por Leonardo Vinci
El Monumento a la madre ubicado en la plaza General Flores, fue una iniciativa nacida en el corazón del pueblo.
Hoy quisiera recordar su génesis, al menos suscintamente.
El eminente médico Rúben de Olivera- galano y ameno escritor- siguió el proceso paso a paso desde 1960, cuando la idea se dio a conocer.
El luminoso y estelar poeta, en un folleto editado con motivo de la inauguración del mismo, bajo el título “Justicia en diamantino lenguaje”, hablaba “con la voz del corazón desgranándose en justicia con quienes justicia merecen”, reconociendo la labor cumplida con ejemplar perseverancia y lealtad de hidalgos caballeros…” de Don Ramón J. Vinci, Juan Rocca y Olimpio Trindade, quienes con el Presbítero José María Giménez fueron los impulsores del proyecto.
La Radio Cultural a través de su locutor Antonio De Feo “constantemente hizo aflorar en el éter a su alma generosa hablándole al pueblo con la voz del corazón y así, con fogosa unción, en ponderable siembra de amor a la MADRE mantuvo latente la cariñosa adhesión colectiva en pro de la sublime obra” y de esa forma, ejemplares hijos, entregándose de alma y corazón en una enconada campaña pro bronce y óbolo popular ejercida con singular perseverancia lograron hacer realidad la obra.
Y así, días tras día se fueron acumulando en la fonoplatea de la vieja radio canillas, primus, viejos artefactos lumínicos, etc. hasta que la pila de bronce de los objetos donados por la gente sencilla superaba el metro de altura.
El padre Giménez era un hombre muy escuchado en nuestra sociedad en la década del 60. Él fue el númen rector del estupendo edificio del Colegio Salesianos, que fue posible de principio a fin gracias a la generosa Catalina Harriague de Castaños.
Se le encomendó que hablara en nombre de los iniciadores, al haber cumplido un rol protagónico en el proyecto.
“Todos hemos sentido la hermandad humana, ante ese ser maravilloso y sublime que se llama MADRE. Para poder exaltarlo y perennizar en el bronce nuestra gratitud filial hemos estrechado filas todos, ricos y pobres, porque todos hemos recibido la vibración espiritual de este secreto llamado, que las madres nos hacían desde el hogar querido… o desde la eternidad lejana.”
Para Giménez, el gran escultor Prati “rompió los moldes tradicionales que a través de siglos, pusieron al pequeñuelo en los brazos de su progenitora, o dándole aliento de vida, o levantando ‘el fruto de su vientre’ hacia el cielo, espejándolo en el sol.”
En su discurso, como Presidente del gobierno departamental, mi padre se refirió a “este magnífico monumento, verdadera obra de arte, realizada por este gran amigo escultor que es Edmundo Prati, quien ha puesto en ella todo su amor y todo su entusiasmo, superando dificultades enormes, ya que su salud quebrantada y su vista agotada, le exigieron esfuerzos titánicos para su culminación.” Y agregó “Pero era su obra póstuma y la logró.”
Antes de finalizar su oratoria, hizo honor a la verdad.
“Para levantar (el monumento) hubo que vencer muchas dificultades, ‘forzoso es reconocerlo y no menos doloroso aceptarlo’, que solamente el tesón de algunos y la comprensión de los menos lo han hecho posible. Si cada salteño, rico o pobre, hubiera concurrido con un solo peso, este monumento podría decirse que era una obra del pueblo todo de Salto. Pero lamentablemente no ha sucedido así. Los poderosos y los potentados- salvo muy raras excepciones- no concurrieron con su aporte. Los desheredados, los obreros, los empleados, esos fueron los que primero llegaron con su contribución y con donaciones de cobre y bronce, que eso sí, es totalmente salteño.”
Finalizó diciendo “Que a sus pies nunca falte la flor de nuestro agradecimiento y veneración.”
Nuestro monumento a la madre fue sin duda una auténtica obra popular.