Martes 5 de julio, 2022
  • 8 am

El avión

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
El anecdotario personal se va acomodando en el cerebro a la vez que se acumulan recuerdos que pueden permanecer ahí por siempre guardados o saltar en cualquier momento como movido por algún resorte misterioso que lo trae al presente.
Más allá de cualquier otra consideración, la vida de cada uno se sintetiza en las emociones del presente y la memoria de las vivencias pasadas, de ahí que los recuerdos no sean otra cosa que la cuenta personal de lo que uno es ahora, con saldos a favor o en contra, con deudas pendientes o al cobro, pero, sobre todo, lo que uno ha querido o podido ser.
Yo no sé si el destino, como algunos creen, ya está marcado y simplemente cada uno es lo que iba a ser, o, por el contrario, como otras también creen y como creo yo, que, si bien las circunstancias te llevan como una suerte de correntada feroz, cada uno va marcando la impronta de lo quiere y puede ser.
¿Pero que seríamos si no fuéramos lo que realmente somos? ¿Podríamos haber sido otra cosa? Quizás sí, pero no lo podremos saber jamás, porque para bien o para mal, ya no hay forma de cambiar lo que fuimos y con eso tenemos que andar. Para después, tendremos muchos proyectos que quizás se cumplirán, y cuando se cumplan o no, pasarán a engrosar la bolsita de los recuerdos y quizás nos volvamos a preguntar si no pudo ser diferente.
Pero lo que pasó ya está y a mí me gusta revolver entre tanto cachivache del pasado, desempolvar recuerdos, volverlos a vivir en la memoria y sentirme que fui yo, al igual antes como ahora, esa misma persona unida en el tiempo por ese único hilo de comunicación con el pasado, la evocación de los recuerdos.
No sé qué resorte se movió hoy en mi cerebro, pero lo cierto es que me trajo el recuerdo de un avión.
Cuando yo era niño solía mirar al cielo, porque más allá de las connotaciones religiosas inculcadas, encerraba un extraño misterio que poco podía comprender simbolizado en la luna, las estrellas y los aviones.
Tuvieron que pasar muchos años para que yo pudiera ver un avión en tierra, pero nunca faltaba alguno que surcara los cielos haciendo un ruido inconfundible y que lucía brillante y pequeño a una distancia que yo obviamente no podía definir. Me costaba creer que ahí dentro viajaran personas, pero no los dejaba de mirar desde que se hacían visibles hasta cuando la distancia los hacía imperceptibles confundiéndose con el azul del cielo.
Obviamente yo vivía muy lejos de un aeropuerto y sólo los podía ver así, en pleno vuelo, pero un día se hizo el milagro y la noticia corrió como reguero de pólvora. Un avión DC3, como eran la mayoría de los que surcaban los cielos en aquella época, había tenido que hacer un aterrizaje forzoso en una pista de carrera de caballos cercana a mi casa. Yo y todos los vecinos corrimos ansiosos al lugar. Íbamos a ver por primera vez un avión tal cual era.
Y ahí estaba, vencido y averiado, porque la pista no le había dado y el frenaje final lo había hecho ir de nariz, rompiendo un ala y abollado la trompa. Era un avión de carga y según se decía, traía un contrabando desde Brasil que rápidamente había sido transferido a otros vehículos que llegaron raudos al lugar. Los escasos pasajeros, aparte de algunos magullones y un terrible susto, no sufrieron otras consecuencias.
Y ahí se quedó por meses mientras lo reparaban y recibió, como no podía ser de otra manera, la visita mía en varias oportunidades hasta que un día estuvo pronto y se hizo el anuncio de su partida. Sin duda sería un día de fiesta, seguramente todos íbamos a ver decolar un avión por primera vez en nuestra vida.
Al fin llegó el día y una multitud bordeó la pista de carrera de caballos. El avión carreteo hasta un extremo de la pista, puso a sus motores a máxima potencia. Todos estábamos ansiosos por el temor de que la pista no le diera.
Al fin se movió, acelerando con un ruido infernal. Cuando pasó por donde estábamos ubicados, llevaba una velocidad nunca vista por nosotros. Al llegar al final de la pista, levantó vuelo, todos aplaudimos aliviados, entonces el avión dio un giro y pasó bajito por encima de nuestras cabezas. Después se perdió en la distancia y yo lo seguí con mis ojos hasta que se dejó de ver.
Ahora, nunca más los aviones que surcaban el cielo volvieron a ser la misma cosa, habían perdido el misterio que por tantos años habían torturado mi curiosidad.