Domingo 7 de agosto, 2022
  • 8 am

Error de cálculo

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
El jueves había quedado en estar en un determinado lugar y así lo hice.
Al llegar llamó mi atención la cantidad de personas que allí se encontraban. Me quedé a esperar porque había dicho que me habría de presentar de lo contrario me hubiese retirado.
El local es de reducidas dimensiones y, por ello, la espera se debe realizar en la vereda y allí me instalé en la espera de ser atendido.
Por la acera corría una suave y fría brisa que, con el lento paso del tiempo, según lo sentía, cada vez más intensa la brisa y mucho más congelante.
Sabía era, únicamente, una sensación personal pero no podía dejar de sentir que más y más frío corría por la vereda y por todo mi ser.
Al comenzar el viernes un intenso resfrío se había instalado en mí y con el paso del tiempo crecía en intensidad.
El domingo, luego de la eucaristía, me puse a escribir el artículo que debía enviar.
Luego del almuerzo tenía un intenso deseo de dormir una reconfortante siesta pero ello no me lo podía permitir puesto que debía celebrar una eucaristía a una distancia de casi una hora de viaje.
El deseo de una siesta se prolongaba y por lo tanto intenté estar en alguna actividad que no me permitiese caer en la tentación.
Temprano estaba tomando unos mates debido a que, poco rato después, no tendría la oportunidad de hacerlo.
Sentía deseos de prolongar los mates mientras crecía en mí no desear ponerme en viaje.
En mi interior me decía que no podía ir a celebrar una eucaristía con un desgano tal.
Creo que nadie tiene que participar de una celebración compartida con nada de ganas. Debía ponerme en camino y volver a motivarme.
No tenía prisa y el viaje podía ayudarme a recuperar las ganas.
Al llegar a destino, luego de una hora y un algo de viaje ya había recuperado las ganas y estaba bien dispuesto a compartir la eucaristía.
Faltaban quince minutos para la hora del comienzo y estaba todo cerrado y ello motivó mi ocupación.
Debía estar en ese lugar puesto que es el primero de los tres lugares donde debo ir los tres domingos del mes.
El primer domingo es mi domingo libre y…
Fue allí donde comencé a tomar conciencia.
Debía ir a ese lugar a celebrar la eucaristía el segundo domingo de mes y me encontraba en el primer domingo.
Nadie habría de ir y nadie abriría las puertas. Podría esperar en vano alguna presencia.
Recién ahora tomaba conciencia de lo del primero y segundo domingo del mes.
Había viajado más de una hora para darme cuenta me había equivocado de domingo.
No tenía sentido quedarme a esperar puesto que no se suele esperar nada con sentido alguno.
Solamente me restaba encender el auto, hacer un giro, volver al camino y regresar y ello fue lo que hice.
Mientras regresaba me preguntaba la razón por la que, en ningún momento, afloró el recuerdo del primer o segundo domingo.
Solamente había experimentado el debía ir y no tenía deseos.
Había luchado contra el poco deseo y había logrado motivarme mientras realizaba un viaje inútil.
Todo se resumía a un error de cálculo que prolongué desde después del almuerzo hasya quince minutos antes de las 17.
Había luchado y me había resistido.
Había superado mis no ganas.
Había logrado volver a motivarme.
Había encontrado las pertas cerradas y todo por un simple error de cálculo.