Viernes 19 de agosto, 2022
  • 8 am

La columna infiltrada

Saturnino Ribes

En 1864 llegó a Salto un hombre que sería fundamental en la historia de la navegación fluvial de los países del Plata. Era natural de Bayona, Bajos Pirineos, y su nombre era Saturnino Ribes. Al llegar, portaba entre sus escasas pertenencias su más preciado tesoro: un violín del que nunca se separaría. Su fuerte personalidad, aunada a una fuerte voluntad de trabajo y a una mente fría y calculadora, pronto lo destacaron entre los inmigrantes que por entonces arribaban al Río de la Plata.
Comenzó trabajando como encargado en la bodega y saladero de su compatriota Pascual Harriague. Permaneció allí algún tiempo y luego pasó a ocupar un alto cargo en la Nueva Compañía Salteña de Navegación a Vapor… Posteriormente ocupó el cargo de vicepresidente.
… Mientras tanto en Salto se comenzaba a armar el vapor a ruedas Solís, cuyo casco y máquinas se habían construido en Glasgow. Otros vapores se armarían posteriormente en el astillero salteño: el Río Paraná, el Río de la Plata, y el Uruguay… La compañía salteña no lograba afirmar una política comercial rentable debido a divergencias entre los accionistas mayoritarios. Ribes notó estas fallas y buscó capitales de apoyo en forma independiente. Creó así las Mensajerías Fluviales a Vapor, para lo cual trajo de Inglaterra en 1866 el barco de carga y pasaje Pingo, y luego los vapores Saturno y Júpiter. En 1868 obtuvo la autorización de la Junta Departamental para construir sus propios galpones de su astillero en una zona aledaña al puerto de Salto.
En 1969 era ya tan importante la gestión de Ribes en la industria naval, que éste pagaba los gastos y los sueldos de los empleados de las Mensajerías Fluviales con billetes de un peso y cinco reales emitidos por él mismo. Con su apoyo se formó un nuevo pueblo, El Cerro, habitado por más de dos mil personas, en su mayoría obreros de los astilleros.
Des de Montevideo y Bs.As. llegaban continuamente embarcaciones para ser reparadas en estos talleres, que eran por entonces los únicos con técnicos y maquinaria traídas desde Gran Bretaña. La navegación estaba en su apogeo y la inventiva afloraba hasta en los mismos obreros de los astilleros de Ribes, quienes crearon una bicicleta fluvial para navegar pedaleando por el río hasta la vecina ciudad de Concordia.
El teléfono y la luz eléctrica llegaron a salto de la mano de Saturnino Ribes, quien hizo instalar el primer aparato telefónico en su casa en el 1878, con línea directa a los astilleros y a las oficinas de las Mensajerías Fluviales. Su domicilio particular también fue el primero en contar con energía eléctrica. Maravillados, los vecinos acudían de noche a ver la finca iluminada con el nuevo y extraño invento.
De carácter fuerte y dominante, Ribes generaba el respeto y también el temor entre sus obreros y empleados. Podía aparecer sin aviso previo por los astilleros a las horas más desusadas para controlar el trabajo. Muchos de los obreros trabajaban allí desde niños y Ribes había contratado maestros de escuela y profesores de música, su gran pasión, para que les enseñaran.
Era tanta la presión que sentía y tanta la gente que atendía cada día, que en ocasiones se escondía en lugares inverosímiles a tocar el violín. En cierta oportunidad desapareció y nadie lo encontraba; pasaban las horas y no había noticias de él. Entre sus allegados cundió la alarma hasta que finalmente lo encontraron tocando el violín en un depósito de agua, vacío, bajo tierra.
Pronto incorporó más barcos, que llegaron desde Gran Bretaña y fueron acondicionados en sus astilleros. Los bautizó como Sílex y Ónix, nombres de piedras de la zona de Salto que, transformadas en preciosos objetos se embarcaban con destino a Alemania.
Todas las naves de Ribes navegaban con el pabellón inglés y se distinguían por el lema “Re non verba”, (Hechos no palabras). Izaban en su trinquete una bandera con la imagen del planeta Saturno en el centro, evocando el nombre de su dueño.
Con el poderío de sus embarcaciones, Saturnino Ribes entabló una encarnizada competencia por la supremacía en el río contra sus antiguos socios de la Compañía Salteña de Navegación a Vapor, pero esta empresa tendría como enemigo a otro pionero de las líneas fluviales.
(La semana próxima contaremos la historia del testamento de Saturnino Ribes, que murió el 24 de junio de 1897, hace 125 años, y que se conoce como el testamento de la piolita).


Datos extraídos del libro “Historias del Vapor de la Carrera”,
del periodista y escritor Richard Durán