Viernes 19 de agosto, 2022
  • 8 am

La columna infiltrada

El testamento de la piolita

La semana pasada nos ocupábamos de contar, en forma sucinta, la vida y obra de Saturnino Ribes, y anunciamos para hoy algunos detalles de la triste historia de su testamento.
El 24 de junio de 1897 murió en Salto Saturnino Ribes, a consecuencia de una complicación diabética. No dejó descendientes directos ni indirectos, lo cual dio origen a una historia espeluznante que aún hoy llena de pavor a quienes la escuchan por primera vez.
Según contaban viejos pobladores salteños de la época, amigos íntimos de Saturnino Ribes y conocedores a fondo de sus pensamientos y deseos, éste habría escrito un testamento por el cual legaba todos sus bienes para que se conservara su flota de vapores y el astillero, se construyera un hospital con tres pabellones, se fundara una escuela de estudios superiores en un lugar céntrico, utilizando una inmensa mansión de su propiedad, y se favoreciera con algunas sumas de dinero a ciertos empleados y obreros que con él habían colaborado. Pero este testamento desapareció, y en su lugar se dio a conocer otro, que favorecía a algunos “caballeros de alcurnia”.
En su libro “Salto de ayer y de hoy”, el escritor salteño Eduardo S. Taborda narra lo siguiente:
“…Y la voz del pueblo se hizo oír con estridentes resonancia, diciendo que unos caballeros de industrias, de manos sucias y conciencias pardas, en combinación con un escribano sin escrúpulos, habían hecho desaparecer el testamento auténtico, fraguando otro, después de la muerte de Dn. Saturnino, en el cual aparecían todos ellos favorecidos.
Esta fue la razón –a estar de este hecho, de que Salto carezca de una flota, se halla perdido el astillero, no se edificara el hospital, no se haya fundado la pequeña universidad y que varios obreros, honestos y laboriosos, hayan muerto exhalando en sus últimos suspiros el anatema de su desprecio y de su odio hacia la canalla que los había despojado.
Algunos escritores y cronistas interesados, al tratar este asunto, han hecho esfuerzos por enmendar y torcer la opinión pública, pintando con mano mercenaria a Dn. Saturnino como a un viejo misántropo y egoísta para encubrir solapadamente, nombres que para nuestro pueblo han sido y son repudiables y oscuros.”
Taborda y otros investigadores recogen el hecho infame conocido como “El testamento de la piolita”, que la tradición oral se encargó de hacer llegar hasta nuestros días.
Esta historia cuenta que apenas muerto Ribes en su lecho, los “caballeros de industria”, que se encontraban a su lado, impidieron la entrada de cualquier otra persona en el dormitorio y manifestaron que Saturnino pedía urgentemente la presencia de una notario, ya que pretendía hacer un testamento antes de morir. El ama de llaves manifestó que su patrón ya había hecho testamento, pero los señores vestidos de negro le respondieron que él solo deseaba cambiar algunas cláusulas.
La habitación se encontraba casi a oscuras. Las cortinas permanecían cerradas, evitando así posibles miradas indiscretas. A pesar de haber sido Ribes el primer habitante de Salto en contar con luz eléctrica en su domicilio, es esos momentos solo un candil iluminaba débilmente el amplio dormitorio, debido a que “al enfermo le molestaba la luz fuerte”.
Preparada la escenografía se pasó a la acción. Alrededor del cuello del muerto se pasó una piola, cuya punta sostenía disimuladamente alguien sentado a su lado. Al llegar el escribano cómplice, los “caballeros” le informaron que Ribes ya les había comunicado los nombres de los futuros herederos, quienes se encontraban todos presentes en la habitación. Se autorizó entonces la entrada de los inocentes testigos, que fueron ubicados en un extremo del dormitorio en penumbras, lejos del lecho.
El escribano habló al cadáver, preguntándole si en el uso de sus facultades deseaba legar la totalidad de sus bienes a favor de las personas que a continuación se detallaban. Al formular cada pregunta se agachaba para escuchar la respuesta, mientras el que tenía el extremo de la piolita tiraba de ella hacia adelante, levantando así la cabeza del muerto. Los testigos apenas veían una cabeza que asentía.
Se simuló luego la firma del testamento. Los señores de negro rodearon la cama, impidiendo la visión de los testigos. Éstos finalmente firmaron y fueron retirados de la habitación.
Saturnino Ribes murió oficialmente pocas horas después, cuando un médico ajeno al hecho certificó su muerte. Los “herederos” malvendieron la flota de vapores y la totalidad de los astilleros a Nicolás Mihanovich, en la módica suma de 180.000 libras esterlinas, mucho menos de la mitad del precio que Ribes les había puesto en vida.


Datos extraídos del libro Historias del vapor de la carrera, del escritor Richard Durant.