Viernes 19 de agosto, 2022
  • 8 am

Sorprendido

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín
Ponce De León
Como todos los domingos llegó para compartir la eucaristía.
Iba, todas las mañanas, caminando, hasta un templo cercano donde asistía a la eucaristía diaria.
Últimamente iba en coche pero volvía caminando. Iba en coche porque el ir era en subida y regresaba caminando porque era todo en bajada.
Sus más de noventa años no le impedían asistir a diario a la eucaristía. Debía ser una razón muy poderosa para que no lo hiciese.
Era el alimento para su jornada.
Era el encuentro con la razón fundamental de su vida.
Vivía sola y hacía todas las tareas de su casa donde la pulcritud era presencia constante.
Sus “alumnas” eran el entretenimiento y la distracción de su casa.
Su medio de vida era el corte y la confección y ello lo transmitía a sus alumnas.
Volviendo a lo del comienzo, llegó y subió los escalones tomada del pasamano.
En diversas oportunidades pude apreciar a personas que plenas de buena voluntad se ofrecieron para tomarle del brazo y siempre recibieron su negativa por respuesta.
Subió lentamente cada escalón mirando muy detenidamente donde ponía sus pies. La señora que la había acercado en su coche subió a discreta distancia de ella.
Siempre subía con pasos frágiles, debido a sus años, pero decididos, debido a su dureza interior.
Ese día sus pasos fueron más frágiles que siempre pero no solicitó alguna ayuda.
Al llegar al fin de la escalera se detuvo y me miró muy seriamente para, casi inmediatamente, esbozar esa, su sonrisa pequeña, que solía colocar en su rostro y me dijo: “Este es el último domingo que vengo a misa porque me duele todo el cuerpo y no logro superarlo”
Dije su nombre y le manifesté que continuara su camino y rezara por nosotros.
Antes de comenzar la eucaristía me acerqué hasta donde se encontraba y dándole un bombón (sabía le agradaba el chocolate) le dije: “Esto le va a ayudar a recuperarse” Nos reímos y continué mi marcha para comenzar la celebración.
Al domingo siguiente no pude estar en la misa parroquial y no me enteré si había asistido o no.
Por la tarde recibí un mensaje donde se me pedía le llevase la comunión puesto que no había asistido a misa.
El lunes me comunican que ha sido internada con diversos problemas de salud.
El miércoles había fallecido.
Desde ese momento hasta hoy, en reiteradas ocasiones volvió a mí su imagen en la cumbre de la escalera y siempre me reiteraba: “Este es el último domingo que vengo a misa”
Quince días antes ya estaba anunciando lo que le habría de suceder.
¡Qué mal debería sentirse como para estar convencida de lo que manifestaba!
Siempre se movía por convicciones firmes pero aquello no era una convicción sino una sensación que asumía como verdad.
Pese a ello continuó viviendo sola y haciendo las tareas del hogar.
Cuántas veces habrá pensado eso podía ser lo último que habría de realizar y continuó en su soledad y realizando sus tareas.
Sus amigas iban a su casa y nunca manifestó su delicadeza son que, como siempre, continuaba cumpliendo con sus tareas u observando a quien le quisiera dar una mano.
Debe ser muy especial poder tener la oportunidad de prepararse para su pascua con tanta serenidad y total convicción.
Debe ser muy difícil poder conservar la serenidad mientras sentía las fuerzas se alejaban de ella con calma pero implacablemente.
Ahora está es paz y en una misa permanente. Para esa misa no hay horarios ni necesidad de trasladarse puesto que la misa es un estado que ella vive para siempre.