El ser humano tiene una capacidad de adaptación extraordinaria y suele adaptarse a lo que hay, a lo que lo rodea y va adaptando su tolerancia y su cultura a lo que hay va formando su personalidad y su expresión corporal, que más allá de los rasgos que definen su herencia genética, el ambiente donde se forma le agrega los ingredientes epigenéticos que lo hacen diferente a lo que sería si hubiera crecido en otra sociedad con otra cultura y a veces no hay que ir muy lejos para notar la diferencia.
Cuando yo era adolescente, y el mundo aún no estaba globalizado ni invadido por las exuberantes herramientas de comunicación, había una notable diferencia expresiva y de postura corporal entre un paisano de campaña y un habitante de la ciudad y que se hacía más evidente cuando un integrante de la familia emigraba a una ciudad populosa, años después, aunque pertenecían a la misma rama genética, se notaba claramente la diferencia.
Ahora, el mundo se globalizó, sin embargo, la impregnación cultural, cargada de una historia personal y colectiva diferente hacen que disímiles sociedades tomen rumbos diferente empujadas por sentimientos personales y colectivos que desencadenan conflictos que se escalan en espirales de violencia que alejan cada vez más una comunidad de otra.
En estas situaciones, la mayoría suele quedarse dentro ese espiral y alimentan la fogata y los pocos que logran escapar haciendo caso a la razón, suelen pelear contra molinos de viento.
Como seres humanos que somos, tenemos muy arraigado nuestro instinto de sobrevivir a como de lugar, razón que nos terminamos de adaptar a cualquier situación por más adversa que sea y que de antemano pareciera imposible de soportar.
Las noticias que solemos escuchar o leer a diario dan cuenta de cosas relevante y extraordinarias que suceden en el mundo, los conflictos y las guerras suelen ocupar los titulares dónde gente de carne y hueso tal como nosotros somos, matan y mueren en ocasiones por motivos que ellos mismos no entienden demasiado, sólo saben que ellos están en un bando y lo los ofician de enemigos en otro, y que las opciones en esas circunstancia se reducen a matar o morir sin analizar que el otro, al igual que uno, son seres humanos que sólo quieren volver a casa, juntarse con los seres queridos, vivir tranquilos y luchar por su familia que los espera con incertidumbre, con temor a lo que les pase mientras unos pocos toman decisiones atrás de un escritorio, las trasmiten por teléfono, en redes sociales o llaman a conferencia de prensa y cada una de esas palabras grandilocuentes que resuenan en los titulares de los medios informativos, manejan el destino de cualquier hijo de vecino librado a la suerte, algunos peleando y otros que tuvieron la mala suerte de estar en ese momento justo en el lugar equivocado, en el exacto lugar donde cayó la bomba que alguien disparó desde bien lejos sin tener idea a que desconocido le caerá encima, ignorando su historia, su presente sus proyectos de vida, que son similares a cualquiera, en cualquier parte porque todos somos seres humanos construidos de la misma materia y que nadie se merece una bomba y por el contrario, todos nos merecemos un abrazo para intentar comprobar, aunque no parece, que somos seres civilizados.