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Miércoles 29 de Abril, 2026 174 vistas

Cuando la violencia nos golpea a todos

Por Carlos Silva
Hay hechos que no pueden pasar como una noticia más. Hay momentos en los que el país entero debería detenerse, mirar de frente lo que está ocurriendo y preguntarse, con honestidad, cómo llegamos hasta acá.
El asesinato de un niño de apenas un año y medio en Montevideo, víctima inocente de una violencia que parece no tener límites, nos sacude como sociedad. No hay explicación posible que alcance. No hay estadística que pueda suavizar el dolor. Cuando una bala termina con la vida de un niño, lo que está herido no es solo una familia, está herido el Uruguay entero.
Y casi al mismo tiempo, en Salto, nos encontramos con la noticia de una adolescente que concurrió a un centro educativo con un arma de aire comprimido, aparentemente con la intención de agredir a un compañero. Otro hecho distinto, sí, pero igualmente preocupante. Porque nos muestra que la violencia también está entrando en espacios donde debería haber convivencia, educación, contención y futuro.
Estos episodios no pueden analizarse aislados. Hablan de una sociedad tensionada, de familias muchas veces desbordadas, de comunidades que han perdido referencias, de un sistema educativo que necesita más apoyo, y también de un Estado que debe estar presente con autoridad, prevención y respuestas claras.
La inseguridad no puede naturalizarse. No podemos acostumbrarnos a vivir con miedo, ni aceptar que la violencia gane terreno en los barrios, en las calles, en los centros educativos o en la vida cotidiana de nuestras familias.
Pero tampoco alcanza con indignarse. La indignación es necesaria, pero debe transformarse en acción. Se necesita prevención, presencia policial, políticas sociales serias, respaldo a las familias, acompañamiento a los jóvenes, fortalecimiento de la educación y una Justicia que actúe con firmeza cuando corresponde.
Y también se necesita responsabilidad política. Gobernar es hacerse cargo. Quien tiene hoy la responsabilidad de conducir el país debe asumir que la seguridad, la convivencia y la protección de los más vulnerables no admiten excusas ni discursos vacíos.
Desde Salto, desde cada rincón del país, debemos reclamar respuestas, pero también comprometernos como sociedad. Porque este problema nos tiene que encontrar unidos a todos los uruguayos. No divididos, no indiferentes, no resignados.
Nunca hay que bajar los brazos. Nunca hay que dar una lucha por perdida. Uruguay ha enfrentado desafíos enormes a lo largo de su historia y siempre encontró, cuando hubo decisión y coraje, la forma de salir adelante.
Hoy la violencia nos golpea fuerte. Pero todavía estamos a tiempo de recuperar el camino de la convivencia, del respeto, de la autoridad bien ejercida y de la esperanza.
Porque ningún niño debería perder la vida por la violencia. Ningún joven debería creer que un arma es una respuesta. Y ningún uruguayo debería resignarse a vivir con miedo.