Por Pablo Vela
Hay una sensación cada vez más extendida y difícil de desmentir, de que la política se ha ido quedando sin políticos. No en el sentido literal, claro: cargos sobran, estructuras también, y las campañas parecen más activas que nunca. Pero lo que escasea es otra cosa, más difícil de definir y, sobre todo, más difícil de reemplazar: la vocación genuina de servicio público.
En su lugar, proliferan los oportunistas. Figuras que no llegan a la política por convicción sino por conveniencia; que no entienden el poder como una herramienta para transformar la realidad, sino como un trampolín personal. Son hábiles para leer encuestas, para modular discursos según la ocasión y para detectar hacia donde sopla el viento. Pero esa misma habilidad los vuelve incapaces de sostener una idea cuando deja de ser rentable.
El político, el de verdad, no es perfecto, pero tiene una brújula. Puede equivocarse, incluso gravemente, pero sus decisiones responden a un marco de valores más o menos consistente. El oportunista, en cambio, navega sin norte: su única coherencia es la adaptación constante. Hoy defiende una causa, mañana la contraria, siempre con la misma seguridad impostada.
Esta transformación no es casual. La lógica de la inmediatez, amplificada por redes sociales y ciclos de noticias vertiginosos, premia el impacto por sobre la profundidad. En ese contexto, el oportunista tiene ventaja: reacciona rápido, dice lo que conviene, evita costos innecesarios. El político, en cambio, paga el precio de la reflexión, de la duda, del compromiso sostenido en el tiempo.
Pero el problema no es solo de quienes ocupan cargos. También hay una responsabilidad social en esta deriva. Cuando el electorado castiga la coherencia y premia el espectáculo, cuando la discusión pública se reduce a lo personal y a los escándalos, el terreno se vuelve favorable para quienes saben moverse en esas situaciones, sin ideas ni proyectos colectivos, van al dinero por voto y listo.
Recuperar la política, la de verdad, implica algo más que cambiar nombres o partidos. Exige revalorizar la idea de proyecto colectivo, de debate honesto. Exige, también, una ciudadanía dispuesta a exigir más incluso sin aceptar limosnas previas a cada elección o en su defecto aceptarlas para dejar contento al oportunista de turno, pero ser firme a la hora de elegir la papeleta que defina el futuro de su ciudad, departamento o país.
Y de estos personajes en Salto, tenemos de todo tipo y tamaño, de todos los colores. Hoy deciden por nosotros porque fuimos nosotros quienes decidimos que eso suceda.
Porque, al final, la abundancia de oportunistas no es más que el síntoma visible de una carencia más profunda: la renuncia, lenta pero persistente, a tomarnos la política en serio.
Miércoles 15 de Abril, 2026 250 vistas