Por el Dr. César Suárez
Antes me encantaba jugar al fútbol, jugué de niño en la escuela rural a la que concurría, jugué de adolescentes campeonatos que se organizaban en el liceo, de joven cuando estaba en la facultad, de veterano cuando ya tenía más de 30 años y en el súper veteranos después de los 45 y ahí seguí mientras mi esqueleto me lo permitió.
Luego, mis huesos fueron solidarizándose con años acumulados, se han puesto más lento y mis músculos responde cada vez menos a los movimientos ordenados por mi cabeza y como la resignación en estas circunstancias es buen consejera, al final lleva a uno a darse cuenta que para preservar lo que queda, mejor no meterse en líos, suavizar los movimientos sin renunciar a ellos, pero adaptándolos a la biología de cada uno.
Pero lo cierto es, que no me dejó de gustar el fútbol, pero lo miro desde la orilla, disfrutando de la habilidad ajena, o lo miro desde más lejos, desde la tribuna o más lejos aún, desde mi casa.
El fútbol es un fenómeno social donde la tribuna suele ser gran parte del espectáculo, en un estadio casi vacío, la exhibición pierde gran parte de su magia, incluso cuando se le mira por televisión, es el público el que le da un marco mágico que trasciende mucho más allá del juego que trascurre dentro de la cancha.
La tribuna es un espectáculo aparte donde los actores se multiplican, se apasionan y en ocasiones asumen conductas que poco o nada tienen que ver con la de su vida cotidiana.
Confieso que cada vez voy menos al estadio, pero cuando iba, solía distraerme bastante con el entorno que me rodeaba y hasta en ocasiones, por mirar alrededor me solía perder un gol, que sólo me daba cuenta por el griterío ensordecedor de los hinchas que alentaba y por la costumbre de las trasmisiones televisivas, hasta me quedaba esperando la repetición.
Pero si algo faltaba para completar la escena, aparecen los relatores y los comentaristas de la radio y la televisión, que, en ocasiones, de acuerdo a lo que relatan parece que están narrando otro partido porque adornan tanto cada jugada que uno se pregunta ¿qué fue lo que me perdí que yo no vi nada de eso?
La última vez que fui ver un partido de fútbol en Montevideo fue en el estadio Centenario en un partido por eliminatorias. Una multitud y una enorme cola para poder entrar. Llegué como una hora antes del partido y las tribunas ya estaban bastante pobladas y tuve que ir transitando con quienes me acompañaban, haciendo equilibrio entre los escalones del estadio. Al fin llegamos al lugar que encontramos, me senté y enseguida pude percibir la dureza de hormigón rodeado de la multitud e inmerso en una nube de humo alimentada por un ejército de fumadores y un olor dulzón penetraba por mis narinas tal como si yo fuera el que estaba fumando.
Entre gritos, agravios, vivas y gente que se paraba delante de mí para insultar al árbitro o festejar una jugada podía observar el partido de a pedacitos.
Terminado el juego, una enorme avalancha de gente avanzando hacia la salida, de vuelta haciendo equilibrio entre las tribunas y las escaleras e intentando no perder de vista a mis acompañantes para poder encontrarnos en las afueras del estadio.
Tal como lo dije más arriba, el púbico es sin duda una parte esencial del espectáculo, pero en lo que a mí respeta, ahora, prefiero verlo por televisión en mi casa, cómodamente sentado, viendo 20 veces la misma jugada en los replayes, sin perderme ningún detalle y totalmente libre de humo de tabaco o de cualquier otra cosa que genere humo.
Domingo 24 de Mayo, 2026 99 vistas