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Jueves 16 de Abril, 2026 189 vistas

Fotografías antiguas de Salto: Viñedos y bodega de Pascual Harriague en 1891

Fotografía de la Biblioteca Nacional de Uruguay.

Por Cary de los Santos Guibert 
ESTABLECIMIENTO EN EXPANSIÓN
En 1891, el viñedo de Pascual Harriague se consolidaba como uno de los emprendimientos vitivinícolas más importantes del litoral. Situado a pocas cuadras del Salto y frente a la ciudad argentina de Concordia, el establecimiento combinaba una ubicación estratégica con una escala productiva en pleno crecimiento. Contaba con cerca de 187 cuadras en producción —equivalentes a unas 130 hectáreas—, lo que revela una explotación de dimensiones poco comunes para la región en ese tiempo.
LA BODEGA Y SU CAPACIDAD
La bodega era considerada «importantísima». El edificio principal, de cien varas de largo por treinta y tres de ancho, incluía un piso bajo semi-subterráneo, aprovechando el desnivel natural del terreno. Allí se distribuían 22 grandes tinas de madera y seis de menor tamaño, destinadas a la fermentación tumultuosa. En conjunto, podían contener miles de bordalesas. La segunda fermentación se realizaba en 24 fudres, cada uno con capacidad para cien bordalesas. El resto del espacio estaba ocupado por toneles cuidadosamente dispuestos, donde la clarificación del vino se efectuaba en condiciones favorables.
VARIEDADES Y ESTADO DEL VIÑEDO
La cepa predominante era la llamada «Harriague» —nombre con el que se la conocía en la época y que hoy corresponde al Tannat, variedad emblemática del Uruguay—, acompañada por semillón blanco, cabernet sauvignon, pinot noir, cot rouge e isabella. Todas las variedades se encontraban en buen estado vegetativo, con abundante carga de fruto y sin registro de enfermedades, lo que confirma el éxito de la adaptación vitícola en la zona.
PRODUCCIÓN Y PROYECCIÓN
La cosecha del año anterior había alcanzado unas 2.200 bordalesas de vino tinto y una cantidad menor de blanco. Para la siguiente vendimia se estimaba una producción de entre 3.500 y 4.000 bordalesas, evidenciando una clara tendencia al aumento. Sin embargo, la propia magnitud del crecimiento comenzaba a superar la capacidad instalada, lo que obligaba a proyectar nuevas ampliaciones en bodega y almacenaje.
EL DESAFÍO DEL TERRENO
El viñedo se asentaba sobre un suelo mayormente cascajoso y ferruginoso, con abundante presencia de piedra de fusil —sílex u ónix—, tan pobre en apariencia que dificultaba el desarrollo de otras formas de vegetación. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, estas condiciones resultaron propicias para la vid, confirmando la intuición del vasco  Harriague y su apuesta por transformar un terreno adverso en una fuente de riqueza productiva.