Por el padre Martín Ponce De León
Era el día de “Halloween”. Venían y su presencia era imposible, pese a la distancia, no llamase la atención. Dos de ellos venían envueltos en una tela (TNT) de color rojizo y llevaban sus manos cargadas de diversas bolsas.
Cuando se acercaron un poco más pude ver que, uno de ellos, me era conocido. Al llegar a mi lado se detienen y saludan, uno de ellos me pregunta: “¿Es cierto que usted es cura?” Le respondo afirmativamente y nos quedamos conversando brevemente.
Me explican que han encontrado esas telas en una volqueta y han visto muchos “gurises” disfrazados y, por ello, se las han puesto así. Me río de su ocurrencia y les digo que supongo no habrán de cosechar muchos caramelos.
“Estamos “cirujeando” y mire todo lo que hemos conseguido” Me enseñan algo dentro de sus bolsas. Varias bolsas de nylon con aceitunas dentro, un atado de fiambre, una escoba sin mango, unos potes de mermelada y una bolsa con unos paños que, supongo, es ropa.
Uno de ellos comienza a realizarme un pedido de dinero para comprar unos panes e, inmediatamente, el que me conocía lo interrumpe y le dice “A él no se le pide porque siempre que tiene nos lo comparte con nosotros”. Se disculpa, el otro, y yo les digo que no sabía era así la cosa, pero si me esperaban les compraba uno o dos panes y se los traía.
No me esperaron, sino que me acompañaron hasta la puerta de la panadería que se encontraba a poca distancia del lugar donde estábamos. Les entregué los dos panes, agradecieron y se retiraron unos pasos para sentarse en la vereda y comenzar a construir unos refuerzos. Yo continué mi camino.
Sí, continué mi camino, pero mi mente continuaba unida a lo que acababan de decir.
En primer lugar, me quedé pensando en la expresión “cirujeando”, puesto que era la primera vez que la escuchaba. Si “ciruja” es un lunfardo, tal expresión ha de ser el lunfardo de un lunfardo. De seguir así, supuse, dentro de un tiempo, para poder entender su lenguaje, se deberá salir con un diccionario muy particular.
Luego pensaba en “A él no se le pide”. Como si fuese una disposición establecida, por vaya uno a saber quién. No me molesta me pidan, puesto que suelo no darles dinero, salvo en situaciones muy especiales.
Llamaba mi atención el hecho de haber salido con aquella manifestación sin que nadie hubiese dicho nada. Él comenzaba a esbozar su pedido y yo le escuchaba sin ningún tipo de incomodidad. Yo, ante aquella intervención, quedé descolocado y él quedó sorprendido.
Cuando me retiraba, lo repito, no podía no tener presente y resonando en mi interior: A él no se le pide…” Tantos ratos compartidos le llevaron a esa determinación que, de mi parte, jamás se me hubiese ocurrido suponerla.
Mi cercanía, para con ellos, no la realicé buscando la ventaja de evitar una incomodidad como puede ser un “mangueo” (por utilizar otro lunfardo) que, para muchos, es una realidad que incomoda. Mi cercanía es producto de un disfrutar esos momentos donde aprendo de ellos y, por sobre todas las cosas, me resulta muy sencillo poder encontrar a Jesús vivo y actual.
Su “A él no se le pide…” me hacía sentir una sensación de cercanía para con ellos ya que, su decir, así me lo hacía experimentar y, tal cosa, no puedo evitarlo, me hace mucho bien.
Sábado 08 de Noviembre, 2025 338 vistas