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Domingo 19 de Abril, 2026 0 vistas

El rastrón

Por el Dr. César Suárez
En la columna publicada la semana pasada yo hacía referencia a la evolución en la creación de medios de transporte tanto para carga como para personas en la historia de la humanidad y los cambios incesantes que se habían operado en los últimos 300 años.  El aceleramiento de la tecnología en los últimos 100 que llevó incluso a que el hombre despegara de la tierra para conquistar también el trasporte aéreo y hasta el espacio interplanetario, también hacía referencia a todos los cambios de los que yo había vivido en curso de mi vida en la que no sólo fui testigo del enorme progreso generado en la humanidad a través del inventos de máquinas, sino que me tocó vivir mis primeros años de vida en una suerte de “bolsón” de la historia cuya dinámica se parecía bastante a la vida que vivían los antiguos de hace más de 2000 años donde se vivía de agricultura artesanal y no se oía el ruido de ningún motor excepto el de los aviones que surcaban el cielo hacia el aeropuerto de Carrasco dado que de niño yo vivía en los límites entre Lavalleja y Canelones y además, el ruido atípico de una máquina itinerante que separaba el trigo de la paja, movida por poleas desde un motor de un imponente tractor que cuando se movía, rodaba sobre ruedas metálicas con “uñas” para poderse afirmar en la tierra y en el barro. Pero esto sucedía sólo una vez al año, en épocas de cosecha de los granos y que reunía a todos los vecinos en una suerte de fiesta popular. Este acontecimiento anual era lo único que nos hacía diferente a los griegos de antes de Cristo.
Los medios de transporte eran carros o tirados por caballos, los más rápidos, o bueyes unidos por un yugo formando yuntas con una lentitud menor al paso del hombre.
Pero no siempre había ruedas para transportar carga, era común un recurso de carga artesanal, denominado rastrón.
Para construirlo se usaban unos palos de madera, lo más derechos posibles de unos 3 metros de largo, en un extremo se le hacía una punta para unirse entre sí en forma de flecha y el otro extremo de los palos quedaban separados por unos 3 metros, uno del otro, formando un triángulo, arriba de ese triángulo se colocaba una parrilla de madera que formaban un cuadrado para construir la plataforma de carga. En la punta del triángulo, donde se unían ambos palos, se le hacía un agujero atravesando a ambos por donde se pasaban varias vueltas de alambre grueso para formar un engancha al que se unía un pértigo que a su vez se unía al yugo que unía a ambos bueyes los que tiraban con toda su fuerza para arrastrar al rastrón y su carga.
No sé si mi relato servirá de tutorial para recrear un rastrón, pero a esta altura de la historia no creo que a nadie se le ocurra construir uno.
Todo eso que relato, yo lo viví casi como si hubiese salido desde fondo de la historia dela humanidad, de ahí mi sensación de haber vivido durante varios siglos a pesar que sólo llevo unas cuantas décadas transitando por esta vida y quizás por eso, prefiero caminar en vez de estarme dejando llevar por una máquina para llegar dónde los pies me pueden llevar.