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Jueves 25 de Junio, 2026 55 vistas

La dimensión invisible del juego

Lic. en Psicomotricidad: 
Valeria Torrens 
Centro Integra Salto 
Correo: centrointegrasalto@gmail.com.uy 
Celular: 091 289 604 
Si buscamos en los recuerdos de nuestra infancia, nuestra memoria asociará una situación de juego con un momento, una emoción que generalmente es de disfrute y de compartir con un otro, en un espacio-tiempo. Cuando nos vamos haciendo adultos poner el cuerpo para jugar y vincularnos desde este lugar con las infancias se nos hace más difícil; empezamos a mirar el juego como una actividad “sencilla” que pertenece exclusivamente al mundo de los niños/as. 
En algunas ocasiones se asocia el valor del juego dependiendo del objeto, esta concepción deja de lado el componente neurobiológico y el componente relacional en un espacio-tiempo compartido con un otro. A partir de lo mencionado se pretende mirar el juego desde 3 dimensiones que lo sostienen: por un lado en perspectiva del Desarrollo; el espacio-tiempo-objetos y dimensión relacional, todas ellas confluyendo en objetivos que se adapten a cada niño/a. 
En esta oportunidad se tomará la dimensión relacional, entendida desde dos aspectos: por un lado la relación entre pares y por otro la relación adulto-niño. Desde esta perspectiva, ya no basta mirar al niño y los aprendizajes únicamente desde la perspectiva de Desarrollo, ni solamente desde el mundo de los objetos presentados de forma oportuna en un espacio-tiempo, lo significativo, también constituye en cómo se acompaña el juego, por lo tanto se tomará la relación adulto-niño. Dicho en otras palabras es en este interjuego con un otro que se realiza el verdadero aprendizaje. Escuchamos muchas veces en la clínica y en el trabajo con niños sobre las dificultades curriculares y cuando indagamos en las actividades lúdicas que realizan los niños y las niñas, en algunas ocasiones existen expresiones de desconocimiento o expresiones como: “no juega con nada”, “tiene de todo para jugar y no lo hace”, “le compré el juguete que quería y aún así no lo logra”, y es ahí cuando la pregunta se transforma en ¿cuándo juega?, ¿con quién?, ¿cómo es ese juego?
Es en ese instante, en la entrevista cuando incluimos la mirada del adulto en esta actividad, evaluamos si el objeto, el tiempo y el espacio son adecuados en relación a la edad. También, si hay un otro que sostenga y acompañe el juego, un otro significativo que acompañe a nombrar las emociones cuando aparece la alegría o la frustración, regule los tiempos de espera, un adulto que confíe en las posibilidades de los niños y niñas, a la vez que los desafíe en logros cada vez más complejos pero que se adapten a cada uno/a. Es decir, un adulto sensible que acompañe mientras aprende. Hoy se habla mucho en los lugares socioeducativos y terapéuticos sobre el juego libre, esta última palabra parece que anulara la presencia de un adulto que debe conocer sobre el Desarrollo, así como estar sensible y disponible en un ambiente cálido, acogedor y preparado para recibir al niño. 
Con esta afirmación se deja atrás la idea de juego libre asociado a “desorganización” y “falta de objetivos”; por el contrario, exige a los adultos herramientas técnicas, flexibles y sensibles para cada momento del Desarrollo y para cada niño/a. Esta columna busca hacernos pensar sobre nuestra postura ante el juego y las actividades lúdicas de nuestros niños y niñas como promotor de experiencias significativas. Asimismo, destaca la importancia de un otro presente que observa como una actividad necesaria, constituyente e irremplazable para el sujeto y como eje fundacional de cualquier aprendizaje. Cuando se menciona al otro-adulto se apunta a una mirada que transversaliza y es independiente del rol que esté cumpliendo en la vida del niño, pero siempre en base a una relación vincular: niño- y su terapeuta, educador o referentes de cuidado. 
En esta línea me gustaría precisar un ejemplo, cuando empezamos a ver que nuestro peque empieza a reconocer letras, jugamos al veo veo mientras esperamos en algún lugar, y esto ocurre conjuntamente o antes de que su sistema neurobiológico esté preparado para actividades gráficas y/o más complejas como la lecto-escritura. Ello propone cuestionar: ¿para que este proceso ocurra en el espacio reducido de la hoja, acaso el niño y la niña no necesitan dominar el espacio y su cuerpo en movimiento en otros espacios más amplios?