Permítame el lector, presentar hoy en mi espacio, un relato de Tránsito Lascano, sobre su visión de lo sucedido en la Batalla de San Antonio, en 1846.
GARIBALDI EN SAN ANTONIO
“…En uno y otro campamento se confundía, con los imponentes ecos de la tempestad, el alerta de los centinelas. Más de seis mil eran los sitiadores. Apenas alcanzaba a doscientos el número de los sitiados. Y allá, de pie, sueltas al embravecido huracán las guedejas de su larga cabellera, los brazos cruzados, la mirada altiva, el ademán arrogante – destacando, al fulgor de los rayos, en la noche umbría, el rojo-sangre de su camiseta – se hallaba el bravo legendario, contemplando, como debió hacerlo Napoleón en los campos de Waterloo, aquellas escarpadas distancias… Y en la tienda de campaña del general sitiador, reunidos los jefes y oficiales, instigaban a aquél para el inmediato asalto.
-No hay que apurarse, les contestó el general Servando Gómez, esta noche misma lo daremos y con toda seguridad prometo que caerá en nuestras manos ese malvado advenedizo. Sí usía no hubiese dado contraorden, esta es la hora que estaríamos festejando la completa victoria – le contestó el coronel Cesáreo Domínguez, que comandaba el batallón de patricios.
-Es que tengo mi plan, coronel.
-¿Puede saberse cuál es, general? – le preguntó malhumorado el valiente jefe argentino.
-Estrecharlos sigilosamente hasta formar impenetrable anillo al caserón en que se encuentran atrincherados. A una señal dada le llevaremos una carga simultánea a la bayoneta.
-A la bayoneta… No está mal pensado porque la lluvia torrencial que cae es imposible hacer fuego…
-Bueno, compañeros, que toda la gente esté dispuesta y preparada para el momento en que envíe mis órdenes. Hasta entonces cada uno en su puesto y que nadie se mueva so pena de ser sometido a un consejo de guerra. Y después de estas órdenes, el general Gómez quedó solo en su carpa cuando, burlando sin duda, la atención del centinela, se le presentó una criolla envuelta en un manto de vicuña.
-¡Tránsito! – exclamó sorprendido. Y contemplándola por breves instantes, pregunta después:
-¿A qué vienes?
-A verte.
-¡A verme! ¿En este momento?…
-Todos los momentos son buenos para el objeto que me trae.
-¿Accedes a ser mía?
-Con una condición Servando.
-Dila.
-Que serás generoso con tu rival.
-¡Nunca!
-Entonces…¡Adiós!
-Lo seré.
-Gracias.
-¿Por qué tiemblas? ¿Qué tienes?
-Frío. He caminado a pie toda la tarde… Vengo del Salto…
-Mira, estoy empapada por la lluvia…
-Cambia tu poncho por el mío…
-No. Lo que sí deseo, Servando…
-Dilo,
-Tengo una sed devoradora. Dame algo de beber…
El general Gómez coloca sobre la mesa de campaña una botella y dos vasos, diciendo a la criolla:
-¿Has venido por encontrarme o por saber de él?
-Por las dos cosas, Servando.
-Me obligarás a tener celos de ese rival odioso.
-Pues harías mal en tenerlos porque esta noche, Servando, te lo juro sólo pienso en tí.
-¡Al fin!
-Calla, Servando… Espera… ¿No oyes ese ruido?…
-No…
-Pues te equivocas; son gritos ahogados por el trueno… Tal vez han sorprendido a tu gente… Ya sabes que el general Medina debe llegar… Tal vez lo ha hecho. Entérate bien, Servando. Temo que sorprenda… El general Gómez sale de su tienda. Ve…
Cuando vuelve, la criolla llenaba los vasos del contenido de la botella.
-¿Qué ha sido – le preguntó, conteniendo apenas la demostración del sobresalto.
-Nada, Tránsito, o casi nada. Un centinela que se hallaba colocado a la orilla del bosque junto a las zanjas por donde únicamente podrían escaparse esos bandidos, que pretendía desertar. Mañana será fusilado.
-Mañana… murmura la criolla estremecida y haciendo una transición avasalladora, le dice, alargándole uno de los vasos:
-Bebe. Servando, sin pensar en lo que nos pueda pasar mañana…
Por la empinada loma y en dirección a donde se hallan los sitiados, corre una sombra viviente que ondea un pañuelo blanco. Es la criolla que se acerca al legendario. Se reconocen.
-No pierdas tiempo, José. Servando Gómez pensaba dar el asalto esta noche.
-Sólo lo esperan sus órdenes para hacerlo; pero Servando Gómez duerme y no despertará seguramente hasta mañana porque yo le he dado un narcótico… Ve, José, reúne tu legión y yo os guiaré por el único punto por donde podéis escapar.
-¡Escapar!
-No hay más remedio. El coronel Ansani te aguarda en Salto. Si tú no vas, ha prometido que la ciudad volaría en ruinas. Marchemos, José, marchemos…
“La legión sitiada se salvó así, llegando al Salto, donde fue recibida con las dianas del clarín y el no menos vibrante sonido del vuelo de las campanas. Veinticinco años después y con motivo de un viaje que hice a aquel departamento de la Banda Oriental, conocí allí una anciana, de cuya peregrina hermosura quedaban huellas imborrables por inexorabilidad del tiempo. Le fui agradable y en uno de sus momentos expansivos me contó la anécdota que ahí va. Se llamaba doña Tránsito Lascano y aún debe haber por aquellos pagos quien recuerde a la criolla que la noche del 8 de febrero de 1846, salvó al que llamamos el héroe de ambos mundos”. Rafael Barreda.
Publicado en la revista salteña ilustrada “La Semana” de Emilio Amengual, que también, además de poseer los talleres gráficos, poseía un Librería, Juguetería y Bazar con la misma denominación en la calle Uruguay de la Ciudad de Salto. Dicho artículo apareció en dicha revista La Semana – Año III y Núm. 105, un 30 de diciembre de 1922.
Cary de los Santos Guibert.
