Por el Padre Martín Ponce De León
El 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar a todos los fieles difuntos. Por la nominación, parecería, es una recordación de los cristianos difuntos, pero la realidad nos hace saber que es una recordación de todos los difuntos ya que nadie es juez como para determinar por quien se reza y por quién no.
Es una oportunidad para recordar (teniendo en cuenta el sentido de dicha palabra. Recordar es volver a pasar por el corazón) y encontrarnos con esos muchos seres que han pasado y ya no están en nuestra realidad.
Es, también la oportunidad para rezar por esos seres que nadie recuerda debido a diversas situaciones de la misma vida.
En esa realidad de recordar es la oportunidad que tenemos para agradecer o para decir esos sentimientos que no supimos pronunciar.
La capacidad de recordar nos sorprende, en oportunidades, con recuerdos que ni sabíamos estaban en nuestro interior y, tal vez, nunca logramos agradecer debidamente tal hecho.
Con el paso del tiempo van aflorando en nuestro interior palabras o situaciones que nos parecieron baladíes en su momento, pero, luego, les descubrimos como de un valor que necesita nuestro reconocimiento y un agradecimiento que no supimos hacer en su debido momento. Un día como el de ayer es una buena oportunidad para que, inmersos en los recuerdos, nos podamos poner al día en nuestra gratitud, por más que sepamos que somos permanentes deudores.
Están, también, aquellas personas que experimentaban la necesidad de manifestarle algo a alguien y siempre fue posponiendo la oportunidad de manifestarle eso que su corazón le hacía ver que debía decirle. Puede ser un hijo a una madre a la que experimenta la necesidad de hacerle saber lo mucho que le quiere pero, por la cotidiana convivencia, posterga un reconocimiento, un agradecimiento o la admiración que le despierta. Inmersos en los recuerdos es una oportunidad para enfrentarnos a ese rostro hecho recuerdo y decir todo lo que es para ellos y lo mantenemos guardado en nuestro interior.
Es, también, la oportunidad de hablar con Dios de nuestra relación con nuestros seres queridos difuntos. Muy bien no sé, debido a que, existe la convicción de que la muerte es un punto final, cuando, en realidad, es un paso a una vida distinta.
Dios no es un Padre tan perverso que, un día nos regala determinadas personas que nos ayudan a ser quiénes somos y con quienes establecemos profundos lazos de afecto y, un día, nos los arrebata definitivamente.
La muerte es un paso a una nueva realidad de vida y, por lo tanto, debemos aprender a convivir con esos seres, de una manera completamente nueva. Ellos siempre están formando parte de nuestra vida. Jamás desaparecen si nosotros no permitimos que se pierdan en nuestro olvido.
Están de mil maneras y necesitamos aprender a convivir con esa distinta realidad. Están en muchos pequeños detalles que hacen a nuestra vida diaria. Los recuerdos son una manera de mantenerse presentes. En un color, en un lugar, en una flor, en una palabra, en una comida, en una canción, en un libro, en un detalle. Son algunas de esas muchas maneras de continuar estando y, un día como el de ayer, es una oportunidad para saber disfrutar y mantener esa presencia nueva.
Pero, es también, la oportunidad de rezar por esos que ya nadie recuerda. Es, tal vez, un día donde no hay lugar para el rezo por algunos seres en especial puesto que es una jornada de oración por todos los fieles difuntos.
Lunes 03 de Noviembre, 2025 423 vistas