Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
En las relaciones de pareja, muchas veces el problema no es lo que ocurre, sino cómo reaccionamos frente a eso que ocurre. Una respuesta impulsiva, una palabra dicha desde la herida o una interpretación apresurada pueden dejar marcas más profundas que el conflicto original. Por eso, más que aprender a discutir mejor, la idea es aprender a reaccionar distinto. Es por esta razón que se vuelve más que necesario tener herramientas, una especie de “kit anti-reacción”, lo que no significa callar emociones ni fingir que nada duele, tampoco implica evitar conversaciones incómodas o resignarse para sostener la paz, se trata, en realidad, de desarrollar recursos para que la emoción no tome el volante mientras el vínculo queda a merced del enojo, el miedo o la frustración.
Cuando estamos emocionalmente activados, solemos escuchar poco y reaccionar mucho. El cerebro entra en modo defensa y aparece esa necesidad urgente de justificarnos, atacar o demostrar que tenemos razón. En ese estado, la conversación deja de ser un puente y se convierte en pelea, en un campo de batalla. Por eso, uno de los recursos más valiosos es la pausa, saber cuándo y cómo parar. Por supuesto que la solución lejos esta de la distancia fría o el silencio castigador, sino ese pequeño espacio entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer con eso. A veces unos minutos alcanzan para bajar la intensidad y evitar palabras que después pesan más que el problema inicial. También ayuda cambiar el lenguaje. No es lo mismo decir “vos nunca me entendés” que expresar “me siento poco comprendida cuando pasa esto”. La primera frase suele despertar defensa en el otro, ya que estamos depositando la responsabilidad en esa persona; la segunda abre una posibilidad de encuentro. Las palabras pueden empujar o acercar, y muchas veces olvidamos cuánto influye el modo en que decimos lo que nos duele. Otro punto clave es revisar las interpretaciones.
En pareja solemos llenar silencios con historias propias: asumimos desinterés, rechazo o falta de amor sin detenernos a preguntar. Sin embargo, preguntar suele acercar mucho más que adivinar. No todo gesto tiene la intención que imaginamos, y no toda distancia es abandono. El kit anti-reacción también implica reconocer aquello que realmente duele. Muchas discusiones parecen hablar de un mensaje sin responder, de tareas domésticas o de horarios, cuando en el fondo lo que aparece es otra necesidad: sentirse importante, acompañada, escuchada o tenida en cuenta. Cuando logramos identificar esa capa más profunda, la conversación cambia. Del otro lado, hay hábitos que suelen deteriorar cualquier diálogo. Reaccionar desde el impulso, usar palabras absolutas como “siempre” o “nunca”, traer viejas heridas para reforzar un reclamo presente o invalidar la emoción del otro son conductas que alimentan la distancia más que la comprensión. Y quizás una de las trampas más frecuentes sea olvidar que la pareja no es una competencia. En medio del conflicto aparece la urgencia de ganar la discusión, cuando el verdadero desafío es cuidar el vínculo sin dejar de cuidarse a uno mismo. Las relaciones sanas no son aquellas donde no existen diferencias, sino aquellas donde las diferencias no se transforman automáticamente en destrucción emocional. Porque amar no significa reaccionar menos por indiferencia, sino responder mejor por amor propio y por respeto al vínculo que se está construyendo.
Jueves 28 de Mayo, 2026 120 vistas